Paraisos artificiales
Paraisos artificiales El apéndice (que data de 1822) está destinado a corroborar más minuciosamente la verosimilitud del desenlace y a darle, por asà decirlo, una fisonomÃa médica rigurosa. Haber bajado de una dosis de ocho mil gotas a otra más moderada que variaba de las trescientas a las ciento sesenta era, por cierto, un magnÃfico triunfo. Pero el esfuerzo que quedaba por hacer exigÃa una energÃa todavÃa más grande que la que nuestro autor suponÃa y la necesidad de ese esfuerzo se puso cada vez más de manifiesto. Advirtió particularmente cierto endurecimiento, una falta de sensibilidad en el estómago que parecÃa presagiar una cirrosis. El médico afirmó que si seguÃa utilizando el opio, aunque lo hiciera en dosis reducidas, la consecuencia podÃa ser la misma. Desde entonces juró dejar el opio, dejarlo en forma absoluta. El relato de sus esfuerzos, de sus vacilaciones, de los dolores fÃsicos resultantes de las primeras victorias de la voluntad puesta en juego, es verdaderamente interesante. Hay disminuciones progresivas y llega al cero dos veces; luego se producen recaÃdas, recaÃdas que compensan ampliamente las abstinencias precedentes. En resumen, la experiencia de las seis primeras semanas dio como resultado una irritabilidad espantosa en todo el organismo, particularmente en el estómago, que a veces recuperaba su estado de vitalidad normal y otras sufrÃa extrañamente una agitación que no cesaba de dÃa ni de noche, un sueño (¡pero qué sueño!) de tres horas lo más en veinticuatro, y tan liviano que oÃa en derredor los ruidos más pequeños; la mandÃbula inferior constantemente hinchada, úlceras en la boca y, entre otros sÃntomas más o menos luctuosos, violentos estornudos que, por lo demás, acompañaron siempre a sus intentos de rebelión contra el opio (esa nueva dolencia duraba a veces dos horas y se repetÃa a diario dos o tres veces) una sensación de frÃo y por fin un resfrÃo terrible que jamás se habÃa producido bajo el imperio del opio. Mediante el uso de amargos consiguió que volviera el estómago a su estado normal, es decir, a perder, como los demás hombres, la conciencia de las operaciones digestivas. Después de cuarenta y dos dÃas, por fin desaparecieron los sÃntomas alarmantes para dar lugar a otros, pero él ignora si éstos eran una consecuencia del abuso anterior del opio o de su supresión definitiva. AsÃ, la transpiración muy abundante que, inclusive en la Navidad, acompañaba a toda reducción diaria de dosis, habÃa cesado por completo en la estación más cálida del año. Pero otras dolencias fÃsicas pueden atribuirse al lluvioso clima de julio en la parte de Inglaterra donde estaba situada su vivienda.