Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Las Confesiones nos explica los accidentes juveniles que hubieran podido legitimar el empleo del opio. Pero se dan aquí, hasta el presente, dos lagunas importantes; una de ellas comprende las fantasías creadas por el opio durante la residencia del autor en la Universidad (a las que él llama sus Visiones de Oxford); la otra es el relato de sus impresiones de la infancia. Así, en la segunda parte, lo mismo que en la primera, la biografía servirá para explicar y para comprobar, por así decirlo, las misteriosas aventuras del cerebro. En las notas relacionadas con la infancia es donde encontraremos el germen de los extraños arrobamientos del hombre adulto y, digámoslo mejor, de su genio. Todos los biógrafos han comprendido de una manera más o menos completa, la importancia de las anécdotas que atañen a la infancia de un escritor o de un artista. Pero a mí me parece que nunca se ha afirmado lo suficientemente esta importancia. Muchas veces al contemplar las obras de arte, no en su materialidad fácilmente comprensible, en los jeroglíficos demasiado claros de sus contornos o en el sentido evidente de sus temas, sino en el alma de que están dotadas, en la impresión atmosférica que comportan, en la luz o en las tinieblas espirituales que vierten en nuestras almas, he sentido que en mí se introducía una especie de visión de la infancia de los autores. Tal pequeño disgusto, tal pequeño placer del niño, desmesuradamente agrandado por una sensibilidad exquisita, se convierte más tarde en el adulto, inclusive sin que él lo sepa, en el principio de una obra de arte. En fin, para expresarme de una manera más concisa, ¿no sería fácil probar, mediante una comparación filosófica entre las obras de un artista maduro y el estado de su alma cuando era niño, que el genio no es sino la infancia claramente formulada, dotada ahora de órganos viriles y potentes para poder expresarse? No tengo la pretensión, sin embargo, de entregar esta idea a la filosofía como algo más que pura conjetura.