Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Pero la segunda herida de su corazón de niño no cicatrizó tan fácilmente. Después de un intervalo de varios años felices murió también la querida, la noble Elisabeth, inteligencia tan precoz y tan noble que a él le parece siempre, cuando evoca su amoroso fantasma en las tinieblas, ver alrededor de su amplia frente una aureola o una tiara de luz. El anuncio del fin próximo de aquella criatura querida, dos años mayor que él, y que había adquirido tanta autoridad sobre su mente, lo llenó de una desesperación indescriptible. El día que siguió a esa muerte, como la curiosidad de la ciencia no había violado todavía tan preciosos despojos, resolvió volver a ver a su hermana. «En los niños, el pesar siente horror de la luz y elude las miradas humanas». Por lo tanto, la visita suprema debía ser secreta y sin testigos. Era hacia el mediodía y cuando entró en la cámara sus ojos sólo vieron al principio una ventana grande completamente abierta, por la que el ardiente sol del estío precipitaba todos sus esplendores. El tiempo era seco, el cielo no tenía nube; las profundidades azuladas parecían el modelo perfecto de lo infinito y los ojos no podían contemplar ni la mente concebir un símbolo más patético de la vida y de su gloria.