Paraisos artificiales

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Una gran desgracia, una desgracia irreparable que nos hiere en la estación más bella del año parecería tener un carácter más funesto, más siniestro. Como creo haberlo advertido ya en el análisis de las Confesiones la muerte nos afecta más profundamente en el pomposo reinado del estío. «Entonces se produce una terrible antítesis entre la profusión tropical de la vida exterior y la negra esterilidad de la tumba. Nuestros ojos ven el verano y nuestro pensamiento está obseso por el sepulcro; la claridad gloriosa nos rodea y en nuestro interior reinan las tinieblas. Y al chocar las dos imágenes se prestan mutuamente una fuerza exagerada». Pero para el niño, que será posteriormente un erudito lleno de imaginación y de ingenio, para el autor de las Confesiones y los Suspiria, un motivo distinto de este antagonismo había vinculado ya, fuertemente, la idea del verano con la de la muerte, un motivo tomado de las relaciones íntimas entre los paisajes y los hechos descritos en las Sagradas Escrituras. «La mayoría de los pensamientos y de los sentimientos profundos nos llegan, no directamente y en sus formas desnudas y abstractas, sino a través de combinaciones complicadas de objetos concretos». Así, la Biblia, que una sirvienta joven leía a los niños en las largas y solemnes veladas del invierno, había contribuido fuertemente a unir esas dos ideas en su imaginación. Esa joven que conocía el Oriente, les explicaba los climas de esas regiones, así como los numerosos matices de sus veranos. Era en un clima oriental, en uno de esos países que parecen favorecidos con un verano eterno, donde un justo, que era más que un hombre, había sufrido una pasión. Era evidentemente en el verano cuando los discípulos arrancaban las espigas de trigo. El Domingo de Ramos, Palm Sunday, ¿no contribuía también a alimentar estos ensueños? Sunday, día de descanso, imagen de un descanso más profundo, inaccesible al corazón del hombre; palm, la palma, palabra que representa al mismo tiempo las pompas de la vida y las de la naturaleza en el verano. El acontecimiento mayor de Jerusalén estaba próximo cuando llegó el Domingo de Ramos; y el lugar de la acción que recuerda esa fiesta se hallaba cerca de Jerusalén. Y, Jerusalén que, como Delfos, ha pasado por ser el ombligo del mundo, puede pasar al menos por ser también el centro de la mortalidad. Pues si fue allí donde la Muerte quedó vencida fue también allí, donde la humanidad sufrió la pérdida más grande.


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