Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Aquel verano magnífico que se desbordaba cruelmente en la cámara mortuoria se acercó a contemplar por última vez los rasgos de la querida difunta. Había oído decir a la gente de la casa que la muerte no había alterado esas facciones. La frente seguía siendo la misma, pero los párpados helados, los labios descoloridos y las manos endurecidas le causaron una impresión horrible; y mientras la contemplaba sin moverse se levantó un viento solemne que comenzó a soplar con violencia, «el viento más lúgubre —nos dice— que había oído nunca». Desde entonces muchas veces, en los días de estío, cuando el sol más calienta, ha oído que se alzaba el mismo viento, «inflando su misma voz profunda, solemne, recordativa y religiosa». Es, agrega, el único símbolo de la eternidad que pueden percibir los oídos humanos. Y tres veces en su vida escuchó nuevamente ese mismo sonido, en las mismas circunstancias, entre una ventana abierta y el cadáver de una persona muerta un día de verano.