Paraisos artificiales

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Mas de pronto sus ojos, deslumbrados por el brillo de la vida exterior y comparando la pompa y la magnificencia de los cielos con el hielo que recubría el rostro de la muerta, tuvieron una visión extraña. Pareció que a través del azul se abría una bóveda, una galería, un camino que se prolongaba hacia el infinito. Y su espíritu se elevaba sobre las olas azules, y esas olas y su espíritu corrían hacia el trono de Dios; pero el trono huía constantemente ante su ardiente persecución. En ese éxtasis raro se quedó adormecido y, cuando recuperó el dominio de sí mismo volvió a encontrarse sentado junto al lecho de su hermana. Así el niño solitario, abrumado por su primera pena, había volado hacia Dios, el solitario por excelencia. Así el instinto, superior a toda filosofía, le había hecho encontrar en un sueño celeste un alivio momentáneo. En ese momento creyó oír pasos en la escalera, y temiendo que si le sorprendían en aquella habitación le impedirían volver a ella, besó apresuradamente los labios de su hermana y se retiró con cautela. Al día siguiente volvieron los médicos para examinar el cerebro de la muerta; él ignoraba el objeto de la visita y algunas horas después de haberse retirado los médicos trató de deslizarse nuevamente en la cámara mortuoria, pero la puerta estaba cerrada y habían retirado la llave. De este modo le evitaron la pena de contemplar, deshonrados por los estragos de la ciencia, los restos de aquella hermana cuya imagen tranquila, inmóvil y pura como el mármol o el hielo pudo conservar intacta.


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