Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Vinieron luego los funerales, una nueva agonía; el sufrimiento del trayecto en coche con los indiferentes que conversaban sobre temas enteramente ajenos a su pena, las terribles armonías del órgano y toda aquella solemnidad cristiana, demasiado abrumadora para un niño al que las promesas de una religión que elevaba a su hermana hasta el cielo no le consolaban de haberla perdido en esta tierra. Le recomendaron que en la Iglesia se cubriera los ojos con un pañuelo. ¿Necesitaba fingir una compostura fúnebre y hacerse el plañidero, él que apenas podía mantenerse de pie? La luz enardecía los ventanales de colores en los que los apóstoles y los santos exhibían su gloria; y en los días siguientes, cuando lo llevaban a los oficios religiosos, sus ojos, fijos en la parte no coloreada de los ventanales, veían constantemente que las nubes algodonosas del cielo se transformaban en cortinas y almohadas blancas, en las que reposaban las cabezas de niños que sufrían, lloraban y morían. Esos lechos se elevaban poco a poco hacia el cielo y ascendían hacia el Dios que amó tanto a los niños. Posteriormente, mucho tiempo después, tres pasajes del servicio fúnebre que él había oído ciertamente, pero no había escuchado acaso, o que habían irritado su dolor con sus consuelos demasiado ásperos, volvían a presentarse en su memoria con su sentido misterioso y profundo, le hablaban de liberación, resurrección y eternidad y se convirtieron para él en un tema de frecuentes meditaciones. Pero mucho antes de esa época se enamoró de la soledad con esa violenta afición que ponen de manifiesto las pasiones profundas, sobre todo las que no quieren que se las consuele. Los silencios dilatados del campo, los veranos acribillados por una luz abrumadora, los brumosos atardeceres, le llenaban de una voluptuosidad peligrosa. Su mirada se perdía en el firmamento y la niebla en busca de algo inencontrable, escrutaba obstinadamente las azules profundidades para descubrir en ellas una imagen querida a la que, por un privilegio especial acaso, se le permitiría manifestarse de nuevo. Abrevio, muy a mi pesar, la parte excesivamente larga que contiene el relato de ese dolor profundo, sinuoso sin salida, lo mismo que un laberinto. La naturaleza entera es invocada en ella y cada objeto llega a ser a su turno representativo de la idea única. Ese dolor, de vez en cuando, hace que broten unas flores lúgubres y coquetas, a la vez tristes y ricas; y sus tonos fúnebremente amorosos, se transforman con frecuencia en concetti. El luto mismo, ¿no tiene sus adornos? Y no es únicamente la sinceridad de ese enternecimiento lo que conmueve el alma; también hay para el crítico un placer singular y nuevo al ver cómo florece ese misticismo ardiente y delicado que sólo se da generalmente en el jardín de la Iglesia Romana. Por fin llegó una época en la que esa sensibilidad morbosa que se nutre exclusivamente de un recuerdo y esa afición inmoderada al aislamiento podían transformarse en un peligro auténtico; una de esas épocas decisivas y críticas en las que el alma desolada se dice: «Si las personas que amamos ya no pueden venir hasta nosotros, ¿qué nos impide ir a ellas?», en que la imaginación, obsesa y fascinada, se entrega con deleite a las sublimes atracciones de la tumba. Había llegado por fortuna a la edad del trabajo y de las distracciones obligadas. Tuvo que ponerse el primer arnés de la vida y prepararse para los estudios clásicos.