Paraisos artificiales
Paraisos artificiales En las siguientes páginas, no obstante más alegres, seguimos encontrando la misma ternura femenina, pero aplicada ahora a los animales, esos interesantes esclavos de los hombres, a los gatos, los perros y todos los demás seres que pueden ser fácilmente molestados, oprimidos y encadenados. Además, los animales, por su alegrÃa indolente, por su simplicidad misma ¿no son una representación de la infancia del hombre? El joven soñador, por consiguiente, también en este caso, aunque se desviaba hacia nuevos objetos, seguÃa siendo fiel a su primer carácter. Amaba todavÃa, en formas más o menos perfectas, la debilidad, el candor y la inocencia. Entre las marcas y caracterÃsticas principales que le habÃa impreso el destino hay que anotar, asimismo, una delicadeza de conciencia excesiva, la que, unida a su sensibilidad morbosa, contribuÃa a aumentar desmesuradamente los hechos más vulgares y a que las faltas más insignificantes, incluso imaginarias le causaran terrores, por desgracia demasiado reales. En fin, imagÃnese un niño de esta naturaleza, privado del objeto de su primer y mayor afecto, enamorado de la soledad y sin confidente alguno. Al llegar a este punto comprenderá el lector perfectamente que muchos de los fenómenos desarrollados en el escenario de los sueños tenÃan que ser repeticiones de las pruebas sufridas en sus primeros años. El destino habÃa sembrado la semilla; el opio la hizo fructificar y la transformó en vegetaciones extrañas y abundantes. Las cosas de la infancia, para utilizar una metáfora que pertenece al autor, llegaron a ser el coeficiente natural de la droga. Esa facultad prematura, que le permitÃa idealizar todas las cosas y darles proporciones extraordinarias, cultivada y ejercitada en la soledad durante largo tiempo, debió producir en Oxford, activada desmesuradamente por el opio, resultados insólitos y grandiosos inclusive en la mayorÃa de los jóvenes de su edad.