Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Un hombre de genio, melancólico, misántropo y que quiere vengarse de la injusticia de su siglo, arroja un dÃa al fuego todas sus obras todavÃa manuscritas. Y como le reprocharon ese horrible holocausto hecho al odio, el que, por otra parte, era el sacrificio de todas sus esperanzas, respondió: «¿Qué importa? Lo importante era que esas cosas fuesen creadas; fueron creadas y, por lo tanto, existen». Otorgaba a todo lo creado un carácter indestructible. ¡Cómo se aplica esta idea de un modo todavÃa más evidente a todos nuestros pensamientos y a todas nuestras acciones, sean buenos o malos! Y si en esta creencia hay algo que consuela infinitamente cuando nuestro espÃritu se vuelve hacia esa parte de nosotros mismos que podemos contemplar con complacencia, ¿no hay también algo infinitamente terrible en el caso futuro, inevitable, en que nuestro espÃritu se vuelva hacia esa parte de nosotros mismos que sólo podemos afrontar horrorizados? En lo espiritual, como en lo material, nada se pierde. Asà como toda acción lanzada en el torbellino de la acción universal es irrevocable e irreparable en sà misma, prescindiendo de sus posibles consecuencias, asà también todo pensamiento es imborrable. El palimpsesto de la memoria es indestructible.