Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «La segunda hermana se llama Mater Suspiriorum, Nuestra Señora de los Suspiros. Nunca sube a las nubes ni se pasea por los vientos. No hay diadema en su frente. Sus ojos, si se pudiera verlos, no parecerían bondadosos ni penetrantes; no se podría descifrar historia alguna en ellos; sólo se encontraría una confusa masa de sueños medio muertos y los restos de un delirio olvidado. No eleva jamás los ojos; su cabeza, cubierta con un turbante andrajoso, está siempre inclinada, y siempre mira el suelo. No llora ni gime. De vez en cuando suspira ininteligiblemente. Su hermana, la Madona, es a veces tempestuosa y frenética, delira contra el cielo y reclama a sus predilectos. Pero Nuestra Señora de los Suspiros nunca grita, nunca acusa, nunca sueña con rebelarse. Es humilde hasta la abyección. Su mansedumbre es la de los seres sin esperanza… Si algunas veces murmura, sólo lo hace en los lugares solitarios y desolados como ella, en las ciudades en ruinas y cuando el sol ha descendido en su descanso. Esta hermana es la visitante del paria, del judío, del esclavo que rema en las galeras, de la mujer sentada en las tinieblas, sin un amor donde pueda cobijar la cabeza, sin esperanza que ilumine su soledad; de todos los cautivos en prisiones, de todos los traicionados y todos los rechazados, de los que están proscriptos por la ley de la tradición y de los hijos de la desgracia hereditaria. A todos los acompaña Nuestra Señora de los Suspiros. Ella también lleva una llave, pero apenas la necesita, porque sobre todo reina entre las tiendas de Sem y los vagabundos de todos los climas. Sin embargo, en las clases más altas de la humanidad tiene algunos altares e inclusive en la gloriosa Inglaterra hay hombres que ante el mundo levantan la cabeza tan orgullosamente como un reno y que, secretamente, recibieron en la frente su marca.