Paraisos artificiales
Paraisos artificiales En un bello domingo de Pentecostés ascendamos al Brocken. ¡Deslumbradora alba sin nubes! A veces abril no obstante, realiza sus últimas incursiones en la estación renovada y la riega con sus chaparrones caprichosos. Llegamos a la cumbre de la montaña; semejante mañana nos promete más probabilidades de ver al famoso Espectro del Brocken. Ese espectro ha vivido tanto tiempo con los brujos paganos, ha asistido a tantas negras idolatrías que tal vez su corazón se ha corrompido y su fe se ha quebrantado. Haced en primer lugar la señal de la cruz, a manera de prueba, y observad atentamente si consiente en repetirla. La repite, en efecto, pero la red de las ondas que avanza altera la forma de los objetivos y le da el aspecto de un hombre que no ha cumplido su deber sino con repugnancia y de manera evasiva. Reanudad, pues, la prueba, «recoged una de esas anémonas que antaño se llamaban flores de hechicero y que acaso desempeñaban su papel en los horribles ritos del miedo. Ponedla sobre esa piedra que imita la forma de un altar pagano, arrodillaos y decid, levantando vuestra mano derecha: “¡Padre nuestro que estás en los cielos!… yo, tu servidor, y ese negro fantasma del que en este día de Pentecostés he hecho mi servidor por una hora, te traemos nuestros homenajes reunidos en este altar devuelto al verdadero culto”. —¡Ved! La aparición toma una anémona y la deposita en un altar; se arrodilla y levanta hacia Dios su mano diestra. Es muda, ciertamente, pero los mudos pueden servir a Dios de modo muy aceptable».