Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «Dios castigó a Savannah-la-Mar y en una noche la hizo descender, con todos sus monumentos aún en pie y su población dormida, desde los sólidos cimientos de la ribera hasta el lecho de coral del Océano. Dios dijo: “Yo enterré a Pompeya y la oculté a los hombres durante diecisiete siglos; sepultaré a esta ciudad, pero no la ocultaré. Será para los hombres un monumento de mi misteriosa cólera, envuelto durante las futuras generaciones en una luz azulada, pues la engarzaré en la cúpula cristalina de mis mares tropicales”. Y, con frecuencia, en las calmas límpidas, a través del medio transparente de las aguas, los marinos que pasan perciben la ciudad silenciosa que parece conservada debajo de una campana y pueden recorrer con la mirada sus plazas, sus azoteas, contar sus puertas y los campanarios de sus iglesias: “Vasto cementerio que fascina a los ojos como una revelación mágica de la vida humana, persistente en las guaridas submarinas al abrigo de las tormentas que agitan nuestra atmósfera”. Muchas veces, con su Intérprete Negro, ha visitado en sueños la soledad no violada de Savannah-la-Mar. Contemplaban juntos las torres, donde las campanas inmóviles esperaban en vano los anuncios de bodas; se acercaban a los órganos que ya no celebraban las alegrías del cielo ni las tristezas del hombre; y juntos visitaban los dormitorios silenciosos donde dormían todos los niños desde hacía cinco generaciones».