Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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»“Esperan el amanecer celeste —se dijo en voz baja el Intérprete Negro— y cuando aparezca el alba, las campanas y los órganos lanzarán un canto de júbilo, que repetirán los ecos del Paraíso”. Y luego, volviéndose hacia mí, dijo: “He aquí algo triste y lamentable, pero una calamidad menos importante no habría sido suficiente para los designios de Dios. Comprende bien eso… El tiempo presente se reduce a un punto matemático e inclusive ese punto matemático perece mil veces antes de que hayamos podido afirmar su nacimiento. Todo es finito en el presente, pero también ese finito es infinito en la realidad de su huida hacia la muerte. Pero en Dios nada hay finito, en Dios nada hay transitorio, en Dios nada hay que tienda hacia la muerte. De ello se sigue que para Dios el presente no existe. Para Dios el presente es el futuro, y es por el futuro por el que sacrifica el presente del hombre. Por eso opera con el temblor de tierra y por eso trabaja por medio del sufrimiento. ¡Oh, qué profunda es la labranza de los temblores de la tierra! ¡Qué profunda (y aquí su voz se inflaba como un sanctus que se eleva del coro de una catedral), qué profunda es la labor del sufrimiento! Pero no necesita menos que eso la agricultura de Dios. En una noche de temblores de tierra construyó para el hombre, agradables habitaciones que durarán mil años. Del sufrimiento de un niño obtiene gloriosas vendimias espirituales que no habrían podido ser recogidas de otro modo. Con arados menos crueles no habría podido ser removido el suelo refractario. La Tierra, nuestro planeta, el habitáculo del hombre, necesita la sacudida; y con más frecuencia todavía el dolor es necesario por ser el instrumento más potente de Dios; sí (y me miró con un aire solemne), ¡es indispensable para los misteriosos hijos de la tierra!”».


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