Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Estas largas meditaciones, estos cuadros poéticos, a pesar de su carácter simbólico general, ilustran para un lector inteligente el carácter moral de nuestro autor mejor que como lo harían en adelante las anécdotas o las notas biográficas. En la primera parte de los Suspiria vuelve todavía como con complacencia hacia los años ya tan alejados, y en ella, como en otras partes, lo verdaderamente precioso no es el hecho, sino el comentario, un comentario con frecuencia triste, amargo y desolado; pensamiento solitario que aspira a volar lejos de este suelo y lejos del escenario de las luchas humanas; grandes aletazos hacia el cielo, monólogo de una alma que fue siempre demasiado fácil de herir. Aquí, como en las partes que ya hemos analizado, este pensamiento es el tirso, del que ha hablado de modo tan donairoso, con el candor de un vagabundo que se conoce bien. El tema no tiene más valor que el de un bastón seco y desnudo, pero las cintas, los pámpanos y las flores pueden ser, con sus entrelazamientos retozones, una riqueza preciosa para los ojos. El pensamiento de De Quincey no es sólo sinuoso; la palabra no es lo bastante fuerte: es naturalmente espiral. Por lo demás, llevaría demasiado tiempo analizar esos comentarios y esas reflexiones, y debo recordar que el objeto de este trabajo era mostrar con un ejemplo, los efectos del opio en una mente meditabunda e inclinada al ensueño. Creo haber cumplido ese propósito.


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