Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Me bastará con decir que el pensador solitario vuelve con complacencia a esa sensibilidad precoz que fue para él la fuente de tantos horrores y de tantos placeres, aun a costa de su inmenso amor a la libertad y del temblor que le causaba la responsabilidad. «El horror de la vida se mezclaba ya en mi primera juventud con la dulzura celestial de la vida». Hay en estas últimas páginas de Suspiria algo fúnebre, corroído y que aspira a otra cosa distinta de las cosas de la tierra. Aquí y allá se siguen deslizando, a propósito de las aventuras juveniles, la jovialidad y el buen humor y la gracia para burlarse de sí mismo, de la que tan a menudo ha dado pruebas, pero lo que es más llamativo y que salta a la vista, son las explosiones líricas de una tristeza incurable. Por ejemplo, a propósito de los seres que traban nuestra libertad, entristecen nuestros sentimientos y violan los derechos más legítimos de la juventud, exclama: «¡Oh, cómo es posible que ésos se titulen a sí mismos amigos de ese hombre o de esa mujer que son precisamente el hombre y la mujer que, más bien que cualesquiera otros, en la hora suprema de la muerte, los despedirán así!: “¡Pluguiera al cielo que nunca hubiese visto tu rostro!”». O bien deja cínicamente que vuele esta confesión que tiene para mí, lo confieso con el mismo candor, un encanto casi fraterno: «En general, los raros individuos que han excitado mi repugnancia en este mundo eran personas florecientes y de buena reputación. En cuanto a los bribones que he conocido, y su número no es pequeño, pienso en ellos, en todos sin excepción, con placer y benevolencia». Anotemos de paso que esta bella reflexión vuelve a hacerse a propósito del abogado de los negocios equívocos. O bien afirma en otra parte que, «si la vida se pudiera abrir mágicamente ante nosotros; si nuestros ojos, todavía jóvenes, pudieran recorrer los pasillos, escrutar los salones y las habitaciones de esta hospedería, teatros de las futuras tragedias y de los castigos que nos esperan a nosotros y a nuestros amigos, retrocederíamos estremecidos de horror. Después de haber pintado, con una gracia y un lujo de colores inimitables, un cuadro de bienestar, de esplendor y de pureza domésticos, la belleza y la bondad enmarcados en la riqueza, nos muestra sucesivamente las graciosas heroínas de la familia, todas, de madre a hija, atravesando, cada una a su turno, las pesadas nubes de la desdicha». Y concluye diciendo: «Podemos mirar a la muerte de frente; pero sabiendo, como algunos de nosotros lo sabemos ahora, lo que es la vida humana, ¿quién podría (suponiendo que se lo advirtieran) enfrentar sin estremecerse la hora de su nacimiento?».