Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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De nada valieron los sermones ni las buenas razones; hubo que consentirlo. Ya estaban en el tablado, ante la mejor burguesía del lugar. «Traigan vino», dijo el español. El constructor de sepulturas, conocido por todos, aunque no como músico, estaba demasiado borracho para sentir vergüenza. Cuando llevaron el vino, no tuvieron paciencia ni siquiera para destapar las botellas, y los ruines bribones las guillotinaron a cuchillazos como las personas mal educadas. ¡Juzgad qué buen efecto produciría eso en los provincianos endomingados! Las damas se retiraron, y ante aquellos borrachos que parecían medio locos mucha gente se fue escandalizada.

Pero obtuvieron su recompensa aquellos en los que el pudor no apagó la curiosidad y tuvieron el valor de quedarse. «Comienza», ordenó el guitarrista al marmolista. No es posible expresar qué clase de sonidos salieron de aquel violín borracho; parecía que Baco delirante cortaba piedras con una sierra. ¿Qué tocaba, o qué quería tocar? Era lo mismo: lo primero que se le ocurría. De pronto una melodía enérgica o suave, caprichosa y única al mismo tiempo, envolvía, extinguía, ahogaba y disimulaba la batahola chillona. La guitarra cantaba en un tono tan alto que ya no se oía el violín. Y, sin embargo, era la melodía, la melodía borracha que había iniciado el marmolista.


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