Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Mi español había descubierto en un rincón de la aldea, al lado del cementerio, a otro español, un paisano. Era una especie de empresario de sepulturas, un marmolista fabricante de tumbas. Como todos los que ejercen oficios fúnebres bebía en abundancia. De modo que la botella y la patria comunes los llevaron muy lejos, pues el músico no se separaba ya del marmolista. El mismo día del concierto, cuando llegó la hora, estaban juntos, ¿pero dónde? Era lo que había que averiguar. Lo buscaron en todos los cafés y tabernas del pueblo y por fin lo encontraron con su amigo en una zahurda indescriptible, los dos completamente borrachos. Siguieron escenas parecidas a las de Kean y Frederick. Por fin consintió en ir a tocar, pero de pronto se le ocurrió una idea: «Tú tocarás conmigo», le dijo a su compañero. El otro se negó a hacerlo; tenía un violín, pero tocaba como el peor rascatripas. «Tocarás, o no tocaré yo tampoco».