Paraisos artificiales

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La caja viajaba en la persona del administrador; tan pronto estaba arriba como abajo, hoy en las botas y mañana entre dos costuras del traje. Cuando el guitarrista, que era gran bebedor, preguntaba cuál era la situación financiera, Paganini respondía que ya no quedaba nada o casi nada, pues era como los viejos, que tienen siempre el temor de carecer de lo necesario. El español le creía o fingía creerle y, con los ojos fijos en el horizonte del camino, pulsaba y atormentaba a su compañera inseparable. Paganini avanzaba por el otro lado de la ruta. Era un acuerdo mutuo para no molestarse. Y así los dos estudiaban y trabajaban mientras seguían caminando.

Luego, cuando llegaban a algún lugar que ofrecía probabilidades de ingresos, uno de ellos ejecutaba una de sus composiciones y el otro improvisaba a su lado una variación, un acompañamiento o un fondo. Nadie sabrá nunca cuántos goces y poesía contenía esa vida de trovadores. No sé por qué se separaron. El español viajó solo. Una tarde llegó a una aldea del Jura. Hizo fijar carteles anunciando un concierto en una sala de la alcaldía. El concierto consistía en un solo de guitarra. Se había hecho conocer tocando en los cafetines y su raro talento había llamado la atención de algunos músicos de la pequeña ciudad. En fin, acudió mucha gente a oírle.


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