Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Había un hombre, español, un guitarrista que viajó durante largo tiempo con Paganini; eso sucedió antes de la época gloriosa de Paganini.

Ambos llevaban la gran vida vagabunda de los bohemios, de los músicos ambulantes, de las personas sin familia y sin patria. Ambos, violín y guitarra, daban conciertos en todas partes por donde pasaban. Erraron así durante mucho tiempo por diversos países. Mi español poseía tal talento que podía decir como Orfeo: «Soy el dueño de la naturaleza».

Por dondequiera que iba, rasgueando las cuerdas de su guitarra y haciéndolas vibrar armoniosamente bajo el pulgar, estaba seguro de que le seguiría una multitud. Con semejante secreto nunca se muere de hambre. Le seguían como a Jesucristo. ¡No es posible negar comida y hospitalidad al hombre, al genio, al hechicero que hace cantar a vuestra alma sus canciones más bellas, las arias más secretas, las más desconocidas y las más misteriosas! Me han asegurado que ese hombre, de un instrumento que solamente produce sonidos sucesivos, obtenía fácilmente sonidos continuados. Paganini llevaba la bolsa y ejercía la gerencia de los fondos sociales, lo que no sorprenderá a nadie.


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