Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Todo esto lleno de vacilaciones y de balanceos armoniosos. El otro estaba ya, sin duda, en alta mar (por lo demás, navegaba en el arroyo) pues su sonrisa beata respondía: «Deja en paz a tu amigo. La costa de la aflicción ha desaparecido ya lo suficiente detrás de las neblinas bienhechoras; no tengo nada más que pedir al cielo del ensueño». Creo haber oído también una frase vaga, o más bien que se escapaba de su boca un suspiro vagamente formulado en palabras: «Hay que ser razonable». Esto es el colmo de lo sublime. Pero, como veréis, en la embriaguez existe lo hipersublime. Siempre lleno de indulgencia, el amigo va solo a la taberna y vuelve con una cuerda en la mano. Sin duda, no podía soportar la idea de navegar solo y de correr a solas tras la dicha; por eso iba a buscar a su amigo en un coche. El coche era la cuerda y le pasó ese coche por la cintura. El amigo tendido le sonríe; sin duda ha comprendido el maternal pensamiento. El otro hace un nudo en la cuerda y luego comienza a andar, como un caballo apacible y discreto; y acarrea a su amigo hasta la cita con la felicidad. El hombre acarreado, o más bien arrastrado y que pulimenta el pavimento con la espalda, continúa sonriendo con su sonrisa inefable.

La gente está estupefacta, pues lo demasiado bello, lo que supera a las fuerzas poéticas del hombre, causa más asombro que enternecimiento.


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