Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Un viejo autor desconocido ha dicho: «Nada iguala el deleite del hombre que bebe, como no sea el del vino al ser bebido». En efecto, el vino desempeña un papel íntimo en la vida de la humanidad, un papel tan íntimo que no me sorprendería que, seducidos por una idea panteísta, algunos individuos razonables le atribuyesen una especie de personalidad. El hombre y el vino me parecen dos luchadores amigos que combaten sin cesar y sin cesar se reconcilian. El vencido abraza siempre al vencedor.

Hay borrachos malvados; son personas naturalmente malas. El hombre malo llega a ser execrable, como el bueno llega a ser excelente.

Voy a hablar enseguida de una droga que está en boga desde hace algunos años, una especie de droga deliciosa para cierta clase de aficionados y cuyos efectos son mucho más fulminantes y fuertes que los del vino. Describiré con cuidado todas sus consecuencias, y luego, reanudando la pintura de las diferentes eficacias del vino, compararé esos dos medios artificiales con los cuales el hombre, exasperando su personalidad, crea en sí mismo, por así decirlo, una especie de dios.



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