Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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He aquí un dulce verde, singularmente oloroso, tan oloroso que causa una especie de repulsión, como, por lo demás, la causaría cualquier aroma fino llevado a su máximo de potencia y, por decirlo así, de densidad. Tomad una porción grande como una nuez, llenad con ella una cucharita y poseeréis la felicidad, la felicidad absoluta con todas sus embriagueces, con todas sus locuras juveniles y también con sus infinitas beatitudes. La felicidad está allí, en la forma de un trocito de dulce; tomadla sin temor porque no mata; no daña gravemente los órganos físicos. Tal vez vuestra voluntad queda disminuida, pero ése es otro asunto.

En general, para dar al hachís toda su fuerza y toda su eficacia hay que diluirlo en café muy caliente y tomarlo en ayunas; la comida se demora hasta la diez o las doce de la noche, y sólo se puede ingerir una sopa liviana. La infracción a la regla tan sencilla produciría vómitos, pues la comida es incompatible con la droga, o con la eficacia del hachís. Muchos ignorantes o imbéciles que se conducen así acusan al hachís de ineficaz.





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