Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Le suplican que toque música y accede. Pero apenas el violín se hace oír, los sonidos que se difunden por la sala emocionan a algunos de los enfermos. Y todo se convierte en suspiros profundos, sollozos, gemidos desgarradores y torrentes de lágrimas. El músico, asustado, se interrumpe y se cree en un manicomio. Se acerca a aquel cuya bienaventuranza hace más alboroto y le pregunta si sufre mucho y qué podría hacer para aliviarlo. Un hombre práctico que tampoco ha probado la droga beatífica propone limonada y ácidos. El enfermo, con éxtasis en los ojos, le contempla con un desprecio indecible y solamente su orgullo le salva de las injurias más graves. ¿Qué puede exasperar más, en efecto, a un enfermo de júbilo que el deseo de curarlo?

He aquí, en mi opinión, un fenómeno extremadamente curioso: una criada encargada de llevar tabaco y refrescos a personas drogadas con el hachís, viéndose rodeada de cabezas extrañas, de ojos desmesuradamente agrandados y de una atmósfera malsana causada por aquella locura colectiva, lanza un carcajada insensata y deja caer la bandeja, que se rompe con todas las tazas y los vasos y huye a todo correr aterrorizada. Todos ríen y al día siguiente la criada confiesa que había sentido algo muy raro durante muchas horas, que había estado muy graciosa, muy, yo no sé cómo. Sin embargo, no había tomado hachís.


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