Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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En esa primera fase fui testigo de escenas muy grotescas. Un músico célebre que ignoraba las propiedades del hachís y que tal vez nunca había oído hablar de esa droga, se encuentra en una reunión donde casi todos lo han tomado. Se esfuerzan para que comprenda sus efectos maravillosos. Él ríe con gracia, como quien por decoro desea adaptarse a la situación durante unos minutos, porque es muy bien educado. Todos ríen mucho, pues el hombre que ha tomado el hachís está en la primera fase, dotado de un admirable sentido de lo cómico. Continúan las carcajadas, los disparates incomprensibles, los juegos de palabras inextricables, los gestos extravagantes. El músico declara que esa broma de artistas es mala y además tiene que ser muy fatigosa para sus autores.

El júbilo aumenta. «Esta broma puede ser buena para ustedes, pero no para mí», dice. «Basta que sea buena para nosotros», replica egoístamente uno de los enfermos. Llenan la sala de carcajadas interminables. El músico se enoja y quiere irse. Alguien cierra la puerta y oculta la llave. Otro se arrodilla delante de él y declara llorando, en nombre de todos los presentes, que si bien su inferioridad les inspira la compasión más profunda, no por eso dejará de animarlos una eterna benevolencia.



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