Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Esta alegría lánguida, este malestar en el júbilo, esta inseguridad e indecisión en la enfermedad duran generalmente poco tiempo. Sucede algunas veces que personas completamente inhábiles para los juegos de palabras improvisan interminables sartas de retruécanos, de asociaciones de ideas enteramente improbables, capaces de desconcertar a los maestros más grandes en ese arte ridículo. Al cabo de unos minutos las asociaciones de ideas se van haciendo tan vagas, los hilos que ligan vuestras concepciones son tan tenues, que sólo pueden comprenderos vuestros cómplices, vuestros correligionarios. Vuestro jugueteo, vuestras carcajadas, parecen el colmo de la tontería a todos lo que no se hallan en el mismo estado que vosotros.
La sapiencia de ese desdichado os regocija desmedidamente, su serenidad os lleva a los últimos linderos de la ironía; os parece el más loco y ridículo de los hombres. En cuanto a vuestros compadres, os entendéis perfectamente con ellos. Pronto ya no os comunicáis sino con la mirada. Es una situación un tanto cómica la de los hombres que gozan de una alegría incomprensible para quien no está situado en el mismo mundo que ellos. Le compadecen profundamente. Por lo tanto, la idea de superioridad despunta en el horizonte de vuestra inteligencia. Y pronto crecerá desmesuradamente.