Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Quienes saben observarse a sí mismos y conservan el recuerdo de sus impresiones, quienes han sabido, como Hoffmann, construir su barómetro espiritual, han debido anotar a veces, en el observatorio de su pensamiento, bellas estaciones, jornadas felices, deliciosos minutos. Hay días en que el hombre se despierta con un ingenio joven y vigoroso. Apenas liberados sus párpados del sueño que los cerraba, se le ofrece el mundo exterior con un relieve intenso, nitidez de concursos y abundancia de admirables colores. El mundo moral abre sus vastas perspectivas, llenas de nuevas claridades. El hombre gratificado con esa felicidad, desgraciadamente rara y pasajera, se siente a la vez más artista y más justo, en una palabra, más noble. Pero lo más singular en ese estado excepcional de la mente y de los sentidos, al que sin exagerar puede llamar paradisíaco si lo comparo con las densas tinieblas de la existencia común y cotidiana, es que no ha sido creado por ninguna causa visible y fácil de definir. ¿Acaso es el resultado de una higiene excelente y de un régimen sabio? Tal es la primera explicación que se ofrece a la mente; pero debemos reconocer que, a menudo, esa maravilla, esa especie de prodigio, se produce como si fuera el efecto de un poder superior e invisible, exterior al hombre, tras un período en que éste ha abusado de sus facultades físicas. ¿Diremos que es la recompensa de la plegaria asidua y los ardores espirituales? Es cierto que una constante elevación del deseo, una tensión de las fuerzas espirituales hacia el cielo, sería el régimen más idóneo para crear esa salud moral tan brillante y gloriosa; ¿pero en virtud de qué ley absurda se manifiesta a veces después de culpables orgías de la imaginación, tras un abuso sofista de la razón, que es con respecto a su uso honesto y razonable, lo que los ejercicios de dislocación son con respecto a la gimnasia sana? Por eso yo prefiero considerar esa condición anormal de la mente como una gracia auténtica, como un espejo mágico donde se invita al hombre a verse embellecido, es decir, tal como debería y como podría ser; una especie de excitación angélica, un llamamiento al orden en una forma halagüeña. Igualmente, cierta escuela espiritualista, que tiene representantes en Inglaterra y América, considera los fenómenos sobrenaturales como las apariciones de fantasmas, las ánimas en pena, etcétera, etcétera, como manifestaciones de la voluntad divina, atenta a despertar en la mente del hombre el recuerdo de las realidades invisibles.