Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Por lo demás, ese estado encantador y raro, en el que todas las fuerzas se equilibran y la imaginación, aunque maravillosamente poderosa, no arrastra al sentido moral consigo por aventuras peligrosas; en el que una sensibilidad exquisita no es torturada ya por unos nervios enfermos, esos consejeros ordinarios de la desesperación o del delito, ese estado maravilloso, repito, no tiene sÃntomas precursores. Es tan imprevisible como el fantasma. Es como una obsesión, pero una obsesión intermitente, de la que deberÃamos deducir, si fuésemos sensatos, la certidumbre de una existencia mejor y la esperanza de llegar a ella mediante el ejercicio cotidiano de nuestra voluntad. Esa agudeza del pensamiento, ese entusiasmo de los sentidos y la mente, han tenido que parecer al hombre de todas las épocas el mejor de los bienes; por eso, sin tener en cuenta más que el placer inmediato y sin que le preocupe violar las leyes de su constitución, ha buscado en la ciencia fÃsica, en la farmacia, en las bebidas más groseras y en los perfumes más sutiles, bajo todos los climas y en todos los tiempos, la manera de huir, aunque sea por unas horas, de su habitáculo de fuego, y, como dice el autor de Lázaro: «de alcanzar el ParaÃso de golpe». ¡Ay! los vicios del hombre, por muy llenos de horror que se los suponga, contienen la prueba (¡aunque sólo sea por su expansión infinita!) de su afición a lo infinito; sólo que es una afición que se equivoca de camino con frecuencia. Se podrÃa tomar en un sentido metafórico el proverbio vulgar según el cual todos los caminos van a Roma y aplicarlo al mundo de lo moral; todo conduce a la recompensa o al castigo, dos formas de lo eterno. El espÃritu humano rebosa de pasiones; las tiene para dar y tomar, si he de servirme de otra expresión trivial; pero ese espÃritu desdichado, cuya depravación natural es tan grande como su aptitud repentina, casi paradójica para la caridad y las virtudes más arduas, es fecundo en paradojas que le permiten emplear en el mal el desagüe de esa pasión desbordante. Jamás cree haberse vendido a él. Olvida en su engreimiento que se las tiene que ver con alguien más astuto y más fuerte y que el EspÃritu del Mal, aunque sólo se le entregue un cabello, no tarda en llevarse la cabeza. Ese señor visible de la naturaleza visible (hablo del hombre) ha querido, por consiguiente, crear el ParaÃso por medio de la farmacia y de las bebidas fermentadas, semejante a un maniático que reemplaza muebles sólidos y jardines auténticos con decoraciones pintadas en una tela y montadas en bastidores. En esa depravación del sentido de lo infinito reside, a mi parecer, la razón de todos los excesos culpables, desde la embriaguez solitaria y concentrada del literato quien, obligado a buscar en el opio el alivio de una dolencia fÃsica y habiendo descubierto de este modo una fuente de placeres morbosos, lo adopta poco a poco como su única higiene y como el sol de su existencia espiritual; hasta la borrachera más repugnante de los arrabales, la que, con el cerebro pictórico de llamas y de gloria, ridÃculamente se revuelca entre las inmundicias del camino.