Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Es, efectivamente, en ese período de la embriaguez cuando se manifiesta una sutileza nueva, una agudeza superior en todos los sentidos. El olfato, la vista, el oído y el tacto participan igualmente en ese progreso. Los ojos ponen la mira en el infinito, los oídos perciben sonidos casi imperceptibles en medio del tumulto más grande. Es entonces cuando comienzan las alucinaciones. Los objetos exteriores adquieren sucesiva y lentamente aspectos singulares; se deforman y se transforman. Después sobrevienen los equívocos, los errores y la trasposición de ideas. Los sonidos se revisten de colores y los colores poseen música. Se dirá que eso nada tiene que no sea muy natural y cualquier cerebro poético, en su estado sano y normal, concibe fácilmente esas analogías. Pero ya he advertido al lector que en la embriaguez del hachís nada había que fuera positivamente sobrenatural, sólo que esas analogías revisten entonces una vivacidad no habitual; penetran, invaden y abruman la mente con su carácter despótico. Las notas musicales se convierten en números, y si vuestra inteligencia está dotada de alguna aptitud matemática, la melodía, la armonía escuchada, aunque conserva su carácter voluptuoso y sensual, se transforma en una vasta operación aritmética en la que los números engendran los números y las fases y la generación de la cual seguís con una facilidad inexplicable y una agilidad igual a la de quien la ejecuta.


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