Paraisos artificiales
Paraisos artificiales »Al principio me sorprendió mucho ver los grandes espacios que se extendÃan ante mÃ, junto a mà y por todos los lados; eran lÃmpidos rÃos y paisajes verdeantes que se reflejaban en las aguas tranquilas. En esto adivina usted el efecto de los paneles repetidos por los espejos. Al levantar la vista contemplé un sol poniente semejante a un metal en fusión que ya se enfrÃa. Era el oro del techo, pero me hizo pensar el enrejado en que me hallaba, en una especie de jaula o en una casa abierta por todos sus lados al espacio y que sólo me separaban de esas maravillas, los barrotes de mi cárcel magnÃfica. Al principio me reÃa de mi ilusión, pero cuanto más miraba, tanto más aumentaba la magia, tanta más vida, transparencia y realidad despótica adquirÃa. Desde entonces la idea del encierro dominó mi mente, sin que ello perjudicase demasiado, debo confesarlo, los variados placeres que me procuraba el espectáculo exhibido a mi alrededor y sobre mÃ. Me consideraba encerrada por un tiempo muy largo, tal vez por miles de años, en aquella jaula suntuosa, en medio de aquellos paisajes mágicos, entre aquellos horizontes maravillosos. Me imaginaba que era la bella durmiente del bosque, que debÃa sufrir una expiación y que serÃa liberada en el futuro. Sobre mi cabeza revoloteaban pájaros brillantes de los trópicos, y como mis oÃdos percibÃan el son de las campanillas colgadas del cuello de los caballos que pasaban por la carretera a lo lejos, los dos sentidos fundÃan sus impresiones en una idea única: atribuÃa a las aves aquel canto misterioso del bronce y creÃa que cantaban con gargantas metálicas. Hablaban de mà evidentemente y celebraban mi cautiverio. Monos saltarines y sátiros bufones parecÃan burlarse de aquella prisionera tendida y condenada a la inmovilidad. Pero todas las divinidades mitológicas me miraban con una sonrisa encantadora, como para animarme a soportar pacientemente el sortilegio y todas las pupilas se deslizaban hacia el borde de los párpados como para adherirse a mi mirada. De ello deduje que, si faltas antiguas, si algunos pecados que yo misma ignoraba exigÃan aquel castigo temporario, podÃa contar, no obstante, con una bondad suprema que, aunque me condenara a la expiación, me ofrecerÃa placeres más importantes que los juegos infantiles que colmaron nuestra infancia. Ya ve usted que las reflexiones morales no estaban ausentes de mi sueño; pero debo confesar que el placer de contemplar aquellas formas y aquellos colores rutilantes y de creerme el centro de un drama fantástico, absorbÃa con frecuencia todos mis demás pensamientos. Ese estado duró mucho, mucho tiempo… ¿Duró hasta la mañana? Lo ignoro. Vi de pronto el sol de pleno dÃa instalado en mi cuarto; mi asombro fue muy vivo y, a pesar de todos los esfuerzos de memoria que hice, me fue imposible saber si habÃa dormido o si habÃa sufrido pacientemente un delicioso insomnio. ¡Poco antes era de noche y en aquel momento de dÃa! ¡Sin embargo habÃa vivido mucho tiempo, oh, un tiempo muy largo!… Hallándose abolida la noción del tiempo, o más bien la medida del tiempo, la noche entera podÃa ser medida para mÃ, solamente, por la multitud de mis pensamientos. Por larga que pudiera parecerme desde ese punto de vista, tenÃa la sensación de que sólo habÃa durado unos segundos, o inclusive de que no habÃa ocupado en la eternidad lugar alguno.