Paraisos artificiales
Paraisos artificiales »El tocador donde estaba era muy pequeño y angosto. A la altura de la cornisa el techo se torneaba para formar una bóveda; las paredes cubiertas por espejos alargados y estrechos separados por paneles con paisajes pintados, al modo descuidado de las decoraciones antiguas. A la altura de la cornisa, y en las cuatro paredes, se hallaban representadas diversas figuras alegóricas, unas en actitudes reposadas y otras corriendo o revoloteando. Sobre ellas, algunas flores y pájaros brillantes. Detrás de las figuras se elevaba un enrejado pintado en engañifa y que seguía naturalmente la curva del techo, de color dorado. Todos los intersticios entre las baquetillas y las figuras estaban recubiertos de oro y en el centro sólo interrumpía el oro, la redecilla geométrica del enrejado simulado. Como usted ve, se parecía eso un poco a una jaula muy distinguida, a una jaula muy bella para un ave muy grande. Debo agregar que la noche era también muy bella y trasparente y la luna muy clara, hasta el punto de que, inclusive después de apagar la vela, toda la decoración siguió siendo visible, pero no iluminada por los ojos de mi mente, como podría creer usted, sino por aquella hermosa noche cuyos fulgores se prendían a los bordados de oro, los espejos y los colores abigarrados.