Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «Por extrañas y nuevas que hayan sido las sensaciones que he obtenido de mis doce horas de locura (¿Doce o veinte? En verdad no lo sé), no volveré a vivirlas. La excitación espiritual es demasiado viva y demasiado grande el cansancio que trae consigo; y, para decirlo todo, encuentro algo de criminal en esa puerilidad. En fin, cedí a la curiosidad y además se trataba de una locura en común en la casa de unos viejos amigos, donde no juzgaba muy malo faltar un poco a la dignidad. Ante todo debo decirle que ese maldito hachís es una sustancia muy pérfida; a veces uno se cree liberado de la embriaguez; pero no es sino una calma embustera. Hay descansos y después recaídas. Así, a eso de las diez de la noche, me hallaba en uno de esos estados momentáneos; me creía liberada de esa superabundancia de vida que me había causado tantos goces, es cierto, pero no carecía de inquietud y temor. Comencé a cenar con agrado, como fatigada por un largo viaje. Pues hasta entonces, por prudencia, me había abstenido de comer. Pero antes de levantarme de la mesa había vuelto a atraparme el delirio como el gato a una laucha, y el veneno se puso a jugar de nuevo con mi pobre cerebro. Aunque mi casa se halla a poca distancia del castillo de nuestros amigos, y aunque podía disponer de un vehículo, me sentía tan abrumada por la necesidad de soñar y abandonarme a esa locura irresistible, que acepté alegremente el ofrecimiento que me hicieron para que me quedara hasta el día siguiente. Usted conoce el castillo y sabe que han arreglado, adornado y reacomodado a la moda toda la parte habitada por sus dueños, pero que la parte generalmente deshabitada ha sido dejada como estaba, con su antiguo estilo y sus viejas decoraciones. Resolvieron que improvisarían para mí un dormitorio en esa parte del castillo y eligieron la habitación más pequeña, una especie de tocador un tanto deslucido y decrépito, que no por ello tenía menos encanto. Es menester que se la describa lo mejor que pueda para que usted comprenda la singular visión de que fui víctima, visión que me ocupó toda una noche sin que tuviera tiempo para advertir la fuga de las horas.