Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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El hombre que, habiéndose entregado al opio o al hachís durante largo tiempo, ha podido encontrar, debilitado como estaba por la costumbre de su servidumbre, la energía necesaria para emanciparse, se me aparece como un preso evadido. Me inspira más admiración que el prudente que nunca cayó en falta, porque siempre tuvo cuidado de evitar las tentaciones. Los ingleses emplean frecuentemente, a propósito de los opiómanos, términos que sólo pueden parecer excesivos a los incautos que desconocen los horrores de esa decadencia: enchained, fettered, enslaved. ¡Efectivamente, son cadenas al lado de las cuales las otras, las cadenas del deber y del amor ilegítimo, son sólo hilazas de gasa y tejidos de araña! ¡Espantoso maridaje del hombre consigo mismo! «Yo me había convertido en un esclavo del opio; me tenía preso en sus lazos, y todos mis trabajos y mis planes habían adquirido el color de mis sueños», dice el esposo de Ligeia, ¡pero en cuántos pasajes maravillosos Edgar Poe, ese poeta incomparable, ese filósofo nunca refutado, al que hay que citar siempre a propósito de las enfermedades misteriosas de la mente, describe los sombríos y atractivos esplendores del opio! El amante de la luminosa Berenice, el metafísico Egeus, habla de una alteración de sus facultades que le obliga a atribuir un valor anormal, monstruoso, a los fenómenos más sencillos: «Reflexionar infatigablemente durante largas horas, con la atención clavada en alguna cita pueril al margen o en el texto de un libro; permanecer absorto durante la mayor parte de un día de verano ante una sombra extraña que se alarga oblicuamente por la tapicería o por el piso, pasar una noche entera vigilando la llama recta de una lámpara o las brasas de la chimenea, soñar días enteros con el perfume de una flor, repetir monótonamente cualquier palabra vulgar, hasta que su sonido, a fuerza de repetirlo, deja de ofrecer a la mente una idea cualquiera: tales eran algunas de las aberraciones más comunes y menos perniciosas de mis facultades mentales, aberraciones que sin duda no son completamente originales, pero desafían ciertamente toda explicación y todo análisis». Y el nervioso Augusto Bedloe, que todas las mañanas, antes de pasearse, traga su dosis de opio, nos confiesa que el principal beneficio que obtiene de ese envenenamiento cotidiano es el de sentir por cualquier cosa, inclusive la más trivial, un interés exagerado: «Entretanto, el opio había producido su efecto acostumbrado, que consiste en revestir a todo el mundo exterior con un interés intenso. En el temblor de una hoja, en el color de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el suspiro del viento, en los vagos olores que se escapan del bosque, se producía todo un mundo de inspiraciones, una procesión magnífica y variada de pensamientos desordenados y rapsódicos».


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