Poemas en prosa
Poemas en prosa «¡Será tonto, con ese Dios que nadie más que él ha visto! —dijo entonces el tercero, cuya personilla se señalaba por una vivacidad y una vitalidad singulares—. Yo voy a contaros cómo me pasó una cosa que no os ha pasado nunca a vosotros, y que tiene mayor interés que vuestro teatro y vuestras nubes. Hace unos dÃas, mis padres me llevaron consigo a viajar, y como en la posada donde hicimos alto no habÃa camas bastantes para todos, resolvieron que yo durmiese en el mismo lecho de mi criada».
Llamó más cerca de sà a sus compañeros, y habló con voz más baja:
«Es curioso el efecto que causa no estar acostado solo y hallarse en un lecho con la criada, en tinieblas. Como no me dormÃa, me entretuve, mientras dormÃa ella, en pasarle las manos por los brazos, por el cuello y por los hombros. Tiene los brazos y el cuello mucho más gruesos que todas las demás mujeres, y la piel tan suave, tan suave, que parece papel de cartas o papel de seda. Tanto gusto me daba, que hubiera seguido por mucho tiempo, si no me hubiese dado miedo; lo primero, miedo de despertarla, y, después, miedo de no sé qué. Metà en seguida la cabeza entre sus cabellos, que le caÃan por la espalda, espesos como una crin, y olÃan tan bien, os lo aseguro, como las flores del jardÃn a estas horas. ¡Probad, cuando podáis, a hacer lo mismo, y ya veréis!».