Poemas en prosa
Poemas en prosa —¡Ah! —dijeron los otros—. ¿Conque ha muerto ella?
—SÃ; aquello no podÃa continuar. El amor se me habÃa vuelto pesadilla abrumadora. Vencer o morir, como dice la PolÃtica; tal alternativa me imponÃa el destino. Un anochecer, en un bosque, a la orilla de una charca…, después de un paseo melancólico en que los ojos de ella reflejaban la dulzura del cielo, y mi corazón estaba como el infierno, crispado…
—¿Qué?
—¿Cómo?
—¿Qué va usted a decirnos?
—Era inevitable. Tengo demasiado sentimiento de la equidad para pegar, ultrajar o despedir a un servidor irreprochable. Pero habÃa que concertar ese sentimiento con el horror que aquel ser me inspiraba; desembarazarme de tal ser sin faltarle al respeto. ¿Qué iba a hacer con ella yo, si era perfecta?
Los tres compañeros miraron al otro con mirada vaga y levemente entontecida, como si fingieran no entender y confesaran implÃcitamente que, por su parte, no se sentÃan capaces de acción tan rigurosa, aunque estuviese, por lo demás, perfectamente explicada.
Mandaron llevar en seguida otras botellas para matar el tiempo, que tiene vida tan dura, y acelerar la vida, que va tan despacio.