El mago de Oz
El mago de Oz Fue inmensa la alegrÃa de los liberados, pues la Bruja Maligna habÃalos obligado a trabajar duramente durante muchÃsimos años, tratándolos siempre con extrema crueldad. Ese dÃa lo declararon feriado para entonces y el futuro, y siempre lo dedicaron a bailar y divertirse.–¡Ah! -suspiró el León-. SerÃa feliz si estuvieran con nosotros el Espantapájaros y el Leñador.–¿No crees que podrÃamos rescatarlos? -preguntó la niña.–Podemos intentarlo -repuso el felino.Llamaron entonces a los Winkies y les preguntaron si los ayudarÃan a rescatar a sus amigos, a lo cual resrespondieron todos que con mucho gusto harÃan cualquier cosa por Dorothy, a que era su salvadora. La niña eligió a un grupo de Winkies que parecÃan más inteligentes que los otros y partieron en seguida. Viajaron todo ese dÃa y parte del siguiente hasta llegar a la llanura rocosa donde yacÃa el Leñador completamente abollado y retorcido. Su hacha se hallaba cerca, pero la hoja habÃase oxidado y el mango estaba roto.Los Winkies lo levantaron con gran cuidado y lo llevaron de regreso al castillo, mientras que Dorothy derramaba algunas lágrimas por su amigo y el León mostrábase profundamente afligido.Cuando llegaron al castillo la niña preguntó a los Winkies: -¿Hay hojalateros entre ustedes?–Claro que sÃ, y bastante hábiles -le contestaron.–Entonces vayan a buscarlos -ordenó ella. Y cuando llegaron los hojalateros con todas sus herramientas, les preguntó-: ¿Pueden arreglar esas abolladuras del Leñador, darle nuevamente su forma y soldar las partes que tiene rotas?Los hojalateros examinaron a la vÃctima con gran atencióny respondieron que creÃan poder arreglarlo para que quedara tan bueno como nuevo. Acto seguido se pusieron a trabajar en uno de los grandes salones del castillo y no cesaron de hacerlo durante cuatro dÃas con sus noches, martillando, torciendo, moldeando, soldando y puliendo el cuerpo, los miembros y la cabeza del Leñador hasta que al fin le hubieron dado su antigua forma y sus coyunturas funcionaron como antes. Claro que le quedaron algunos remiendos, pero los obreros hicieron un buen trabajo, y como el paciente no era vanidoso, no le molestaron en absoluto aquellos remiendos.Cuando al fin fue al cuarto de Dorothy y le dio las gracias por haberlo rescatado, sentÃase tan contento que lloró de alegrÃa, y la niña tuvo que enjugarle cada una de las lágrimas con su delantal para que no se oxidara de nuevo. Al mismo tiempo lloraba ella también por la felicidad de ver de nuevo a su amigo, pero estas lágrimas no tuvo necesidad de enjugarlas. En cuanto al León, se secó los ojos tan a menudo con la punta de la cola que se le humedeció por completo y tuvo que salir al patio y ponerla al sol hasta que se le hubo secado.–Me sentirÃa feliz del todo si el Espantapájaros estuviera de nuevo con nosotros -dijo el Leñador cuando Dorothy le relató todo lo sucedido.–Debemos tratar de encontrarlo -declaró ella.Acto seguido llamó a los Winkies para que la ayudaran, y marcharon todo ese dÃa y parte del siguiente hasta llegar al árbol en cuyas ramas habÃan arrojado los Monos Alados la ropa del Espantapájaros.Era un árbol muy alto y de tronco demasiado liso, de modo que nadie podÃa treparlo, pero el Leñador dijo en seguida:–Lo echaré abajo para que podamos recobrar las ropas.Ahora bien, mientras los hojalateros habÃan estado remendando al Leñador, uno de los Winkies, que era orfebre, habÃa hecho un mango de oro puro para el hacha a fin de reemplazar al que estaba roto. Otros pulieron la hoja hasta eliminar todo el óxido, de manera que ahora relucÃa como si fuera de plata.Sin perder tiempo, el Leñador empezó a golpear con su hacha, derribando en poco tiempo el árbol, y de entre sus ramas cayeron las ropas del Espantapájaros.Dorothy las recogió e hizo que los Winkies las llevaran de regreso al castillo, donde las rellenaron con paja limpia… y heaquà que apareció otra vez el Espantapájaros, tan bueno como nuevo, y dándoles profusas gracias por haberlo salvado.Ahora que estaban todos reunidos, Dorothy y sus amigos pasaron unos dÃas maravillosos en el castillo, donde habÃa todo lo necesario para que estuvieran cómodos.Pero llegó el momento en que la niña volvió a pensar en su tÃa Em y dijo:–Tenemos que volver adonde está Oz y pedirle que cumpla su promesa.–Sà -asintió el Leñador-. Al fin conseguiré mi corazón.–Y yo mi cerebro -agregó alegremente el Espantapájaros.–Y yo valor -dijo el León en tono meditativo.–Y yo regresaré a Kansas -exclamó Dorothy, batiendo palmas-. ¡Vamos mañana a la Ciudad Esmeralda!Asà lo decidieron, y la mañana siguiente reunieron a los Winkies para despedirse. Todos lamentaron muchÃsimo que se fueran, y tanto se habÃan encariñado con el Leñador que le rogaron que se quedara con ellos para gobernar toda la tierra de Occidente. Al convencerse de que se iban realmente, regalaron a Toto y al León un collar de oro para cada uno. A Dorothy le dieron un hermoso brazalete tachonado de brillantes. Al Espantapájaros le obsequiaron un bastón con puño de oro para que no tropezara al caminar, y al Leñador le ofrecieron una aceitera de plata repujada, con adornos de oro y piedras preciosas.Cada uno de los viajeros respondió a estos regalos con un bonito discurso de agradecimiento, y estrecharon la mano de todos con tal entusiasmo que les dolieron los dedos.Dorothy abrió la alacena de la Bruja a fin de llenar su cesta con provisiones para el viaje, y allà vio el Gorro de Oro. Se lo probó por curiosidad, descubriendo que le sentaba perfectamente bien. Ignoraba el poder del Gorro, pero vio que era bonito, y decidió llevarlo puesto y guardar su sombrero en la cesta.Después, cuando ya estuvieron preparados para el viaje, partieron hacia la Ciudad Esmeralda, mientras que los Winkies se despedÃan de ellos con grandes demostraciones de afecto.
