Rimas y leyendas
Rimas y leyendas En lo político, el triunfo del liberalismo era cuestión de tiempo. En España lo logró gracias al apoyo de Inglaterra y Francia, de forma que los gobiernos que se suceden de 1834 a 1837 (Martínez de la Rosa, Toreno, Mendizábal) son progresivamente más liberales. Las guerras carlistas minaban la situación, hasta que en 1839 se firma el Convenio de Vergara con los partidarios de don Carlos. Pero en el año 1843 es derribado Espartero, y después de declararse la mayoría de edad de Isabel II se impone una situación claramente conservadora hasta 1854. En Francia, la revolución de 1848 obligó a abdicar al rey Luis Felipe y se vuelve a proclamar la república. Estos hechos se propagan por Europa y el espíritu liberal y democrático vuelve a imperar por todas partes. En Austria dimite Metternich, el hombre que había representado el espíritu de la Restauración. Demócratas y socialistas se hacen con el poder. En Italia las ideas políticas liberales y nacionalistas de Mazzini (1805-1872) empiezan a triunfar con los levantamientos de Venecia y Milán (marzo de 1848). En Prusia igualmente hubo manifestaciones y se levantaron barricadas que obligaron al rey Federico Guillermo IV a discutir una constitución liberal en asamblea nacional. Es la burguesía la que impone de nuevo sus criterios, que en la cultura se manifiesta ahora en lo que se llama realismo, que proporciona unos modelos de vida próximos a la pequeña burguesía de las ciudades, y unos ideales de vida cotidiana muy alejados de los modelos heroicos y medievales de los románticos. Los verdaderos creadores del realismo decimonónico fueron Stendhal (1783-1842) y Balzac (1799-1850), aunque en España el realismo siempre se sintió heredero de la tradición cervantina, de la picaresca y de los clásicos del Siglo de Oro. En realidad, el realismo español se va imponiendo a través del costumbrismo romántico y del gusto por la pintura de lo típico y de la observación de lo cotidiano, pero, en la novela, no penetra de forma decidida hasta más que mediado el siglo. Ese espíritu burgués es el que fomentará el progreso científico a través del positivismo filosófico. El representante de este movimiento fue Augusto Comte (1798-1857), quien fundó una nueva ciencia, la sociología, que no es sino la forma de entender la historia de una manera meramente positivista, es decir, la interpretación realista de los datos, y la comprobación de los mismos a través de la experimentación, como sucede con las llamadas ciencias experimentales o positivas (las naturales, biológicas y físicas). Para Comte el positivismo es el tercer estadio del progreso de la humanidad, tras el teológico y el metafísico, y se apoya en el dato y en la comprobación experimental, pues piensa que sin ellos no hay verdadera ciencia ni progreso técnico. De este enfoque proceden los grandes progresos científicos del siglo XIX, del que son exponentes máximos desde la Introducción a la medicina experimental (1859) de Claude Bernard (1813-1878) hasta el Origen de las especies de Charles Darwin (1809-1882), pasando por estudios sobre gérmenes y contagios de Louis Pasteur (1822-1895), quien planteó por vez primera la existencia de microorganismos en la fermentación y descubrió la vacuna antirrábica.