Rimas y leyendas

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Creemos que el problema no es tan terminante como se lo platean algunos críticos, pues si las correcciones no son de la mano de Bécquer (algunas señaladas por Balbín y Roldán lo son con toda seguridad o toda la que cabe, al menos) es casi seguro que el propio Bécquer las deseaba, las debió indicar a sus amigos de alguna manera, y es evidente que hubiera aceptado el dictamen de aquéllos, que eran más expertos en cuestiones de corrección gramatical, métrica y de poética en general. No hubiera tolerado cambios sustanciales, pero sí admitido las leves correcciones que representa su manuscrito, sobre todo teniendo en cuenta que algunos de sus textos ya fueron publicados e impresos por el propio Bécquer y éste modificó notablemente su redacción en el Libro de los gorriones. La clave, en cualquier caso, residiría en el famoso «libro perdido», en donde estarían ya dispuestas para la imprenta las rimas con todas las correcciones pertinentes; pero mientras no aparezca dicho libro, las conjeturas no son más que eso: conjeturas. Por todo ello, como entiendo que el manuscrito Libro de los gorriones no es una obra definitiva, ni supervisada enteramente por el autor para su publicación inmediata, acepto algunas correcciones del mismo, siempre que parezcan posibles enmiendas del propio autor, o, al menos, permitidas por él, y que en cualquier caso mejoren la primera redacción. Por ello también acepto las correcciones que pasaron a la edición de 1871, aunque sólo en los casos indicados. En todo ello reconozco seguir un criterio de cierto eclecticismo, pues entiendo que un manuscrito que el autor no debió entender como definitivo no tiene por qué ser respetado en su letra a ultranza, a no ser en una edición que sea mera transcripción del documento autógrafo. Bécquer no era un purista (afortunadamente) y estoy seguro de que hubiera aceptado siempre de buena gana las orientaciones preceptivas de amigos, como Narciso Campillo, experimentados y eruditos en estas materias, si bien es lógico que hubiera discutido variantes estilísticas relevantes. Y es seguro que muchas de estas las comentó con aquéllos, quienes las debían conocer mejor que nosotros; por eso no me parecen desechables las correcciones del manuscrito ni las variantes de la edición de 1871. Respecto a esta edición, primera y póstuma, me acojo a las palabras que sobre ella escribieron sus editores modernos: «Sus materiales fueron seleccionados con exquisito gusto —y con profesionalidad; no lo olvidemos— por quienes conocían de cerca al poeta y podían hacer un libro que él habría aprobado sin reservas».[83] Por lo mismo (aunque esto sucede pocas veces, y en todos los casos en que ocurre, siempre lo advertimos) corregimos el texto del manuscrito cuando nos parece que las variantes de éste o de la edición príncipe mejoran la elemental corrección gramatical (siempre que ésta no tenga valor estilístico), u ofrezcan una mayor expresividad poética en armonía con el espíritu becqueriano. Ahora bien, estamos dispuestos, incluso, a respetar algunas variantes manuscritas frente al texto de 1871 siempre que redunde en favor de los criterios estéticos que nos hemos puesto como meta. En algún caso aislado, como se verá, aun a costa de admitir ciertas incorrecciones lingüísticas, pues Bécquer escribía movido por impulsos de intuición poética y no por criterios de acomodación académica. Hoy día, cuando la literatura surge en una medida mayoritaria de ambientes universitarios y académicos, no es fácil de admitir las incorrecciones becquerianas, pero tanto en el barroco como en el romanticismo (aunque sea tan tardío como el de Bécquer) imperaban, en multitud de casos, los criterios expresivos sobre los de purismo académico.


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