Rimas y leyendas

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En el año 1858 una enfermedad le deja postrado y obliga a su hermano Valeriano a acudir a Madrid. Parece que Gustavo tiene que guardar cama durante dos meses. En mayo de ese mismo año empieza a publicar «El caudillo de las manos rojas» en el periódico La Crónica de Madrid, que según Rodríguez Correa sirvió para sufragar los gastos de la enfermedad de Gustavo. También en ese mismo año conoce a las hermanas Espín (Julia y Josefina). Cuenta Julio Nombela en sus Impresiones y recuerdos (1909-1912) que, estando Gustavo convaleciente de su enfermedad, paseaba con frecuencia por el Retiro y por Príncipe Pío. En uno de estos recorridos, dice Nombela, se dirigieron

hacia la calle de la Flor Alta, frente a la cual había una casa de vecindad de muy buen aspecto, desde cuyos balcones se veía un trozo de la calle Ancha de San Bernardo. Cuando pasamos estaban asomadas a uno de los balcones del piso principal dos jóvenes de extraordinaria belleza, diferenciándose únicamente en que la que parecía mayor, escasamente de diecisiete o dieciocho años, tenía en la expresión de sus ojos y en el conjunto de sus facciones algo celestial. Gustavo se detuvo admirado al verla y, aunque proseguimos nuestra marcha por la calle de la Flor Alta, no pudo menos de volver varias veces el rostro extasiándose al contemplarla.[3]


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