Toledo
Toledo Sonó, empero, la hora en que debia desaparecer ese verdadero monumento de monumentos, mole informe y repugnante á los ojos del hombre de arte, pero libro precioso para el historiador filósofo y cristiano, que encontrara en él las elocuentes páginas que cada raza, cada siglo, cada generacion habia escrito con caractéres de sillería. No lamentamos, no, que se erigiese ese suntuoso y grandiosísimo templo que hoy admiramos, y en que, á despecho del arte, tambien han ido hacinándose heterogéneas construcciones, pues al querer cada generacion poner su piedra, claro es que debia ponerla segun el gusto que en ella predominaba; lo que si lamentamos, es que no se hubiese respetado aquella preciosa memoria histórica, en que la arqueología habria tenido, y tendria todavia hoy mucho que estudiar para resolver dudas y descifrar enigmas de los tiempos remotos, asi con respecto á aconlecimientos profanos, como religiosos y eclesiásticos. Aquellos sillares, testigos mudos del heróico y resignado fervor de los primeros cristianos, y de las glorias de la época goda, no menos que de las profanaciones mahometanas, aquellos sillares que á haberse conservado en sus sitios primitivos, aunque cubiertos con el venerando musgo de los siglos, habrian podido revelarnos preciosos arcanos históricos, nada nos dicen hoy confundidos entre millares de otros nuevos puestos cuando la reedificacion. La leyenda arqueológica se ha borrado, con profundo disgusto de cuantos se consagran al estudio de la antigüedad; pero existe, no obstante, en esa misma amalgama de tan diversos materiales, la misteriosa cadena granitica de que hemos hablado, que une las diferentes épocas de la historia religiosa de nuestro pais, tan estrechamente unida con la profana.