Toledo
Toledo Cuando despues de haber recorrido una gran parte de la ciudad imperial detuvimos nuestros pasos sobre la altura que corona el hospital de Tavera, desde la que se domina el lugar en que está situada la Basílica, el dia comenzaba á caer. El cielo se veia cubierto por largos girones de nubes pardas y cobrizas entre los que se deslizaban algunos rayos de sol, que encendiendo sus orlas y bañando en luz la cima de los montes, doraban las altas agujas y los derruidos muros de la poblacion que acabábamos de abandonar. La vega, que extendiéndose á nuestros pies se dilataba hasta las ondulantes colinas que se elevan en su fondo como las gradas de un colosal anfiteatro, asemejábase con sus oscuros manchones de cesped y las anchas líneas amarillentas y rojas de su terreno arcilloso, á una alfombra sin límites, en la que podíamos admirar la armónica gradacion de los colores que se confundian y debilitaban, marcando asi sus diferentes términos y desigualdades. A nuestra izquierda y escondiéndose por intervalos entre el follaje de sus orillas, el rio, se alejaba besando los sauces que sombrean su ribera, y estrellándose contra los molinos que detienen su curso hasta bañar las blancas paredes de la fábrica de Armas, que aparece en su margen en medio de un bosque de verdura. Cuanto se ofrecia á nuestros ojos formaba un conjunto pintoresco; pero diríase al contemplarlo que sobre aquel paisaje habia extendido el Otoño ese velo de niebla azulado y melancólico en que se envuelve la naturaleza al sentir el soplo helado de sus tardes sin sol; ese silencio profundo, esa vaguedad sin nombre, imposible de expresar con palabras, que apoderándose de nuestro espíritu lo sumerge en un océano de meditacion y de tristeza imponderable.