Desembalo mi biblioteca

Desembalo mi biblioteca

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Pero ya hace mucho tiempo que ha caído la medianoche ante la última caja vaciada a medias. Me ocupan ahora otros pensamientos de los que no he hablado. Mejor dicho, no pensamientos, sino imágenes, recuerdos. Recuerdos de las ciudades en las que he encontrado tantas cosas: Riga, Nápoles, Múnich, Dantzig, Moscú, Florencia, Basilea, París; recuerdos de las suntuosas salas muniquesas de la librería Rosenthal; recuerdos del Stockturm de Dantzig, donde habitó el difunto Hans Rhaue, del sótano de libros cubiertos de moho de Süssengut, en Berlín Norte; re­ cuerdos de las salas de estar en las que esos libros ocuparon su lugar, de mi cuarto de estudiante en Berna, de la soledad de Isetwald junto al lago de Brienz y, también, de mi habitación infantil, de donde pro­ ceden cuatro o cinco de los varios miles de volúmenes que comienzan a amontonarse a mi alrededor. ¡Dicha del coleccionista, dicha del hombre privado! Nadie ha dado lugar a menos investigaciones y nadie se ha sentido mejor que ese ser que ha podido continuar su existencia desracreditada bajo la máscara de Spitzweg[1]. Pues en su interior habitan espíritus, o al menos geniecillos, que hacen que para el coleccionista, me refiero al verdadero, el coleccionista tal como debe ser, la posesión sea la relación más profunda que se pueda mantener con las cosas: no se trata, entonces, de que las cosas estén vivas en él; es, al contrario, él mismo quien habita en ellas. De este modo, he construido ante ustedes uno de sus receptáculos, cuyos elementos constructivos son los libros, y ahora el coleccionista, como es justo y deseable, desaparece en su interior.


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