Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca Y ahora, en hermoso desorden, algunos nombres de pequeños escritos así envejecidos o de escritores desaparecidos de estos últimos tiempos: en cabeza, colocaremos a Donald Wedekind, el hermano del dramaturgo, autor de la novela «Ultra montes», publicado por Von Costenoble, de Jena, ahora editorial de vanguardia en obras sobre la técnica de la madera. Donald Wedekind publicó además algunos peque ños volúmenes de literatura erótica. Según parece, hasta ahora sólo Ferdinand Hardekopf ha reparado en su existencia, y el mismo Hardekopf se incluye también en nuestra lista con mucha más dignidad por sus primeras obras: el maravilloso diálogo Der Abend («La tarde»), o las cautivadoras Lesestücke («Piezas de lectura»). Estaremos en la mejor compañía si nos volvemos hacia las primeras obras de Salomo Friedlaender, del que nos limitaremos aquí a dos pequeños libros, tan dispares como Rosa, Die schöne Schutzmannsfrau («Rosa, la bella esposa del policía») y Logik für Arbeiter («Lógica para trabajadores»). Han sido necesario años para que la librería alemana haya acabado de liquidar la obra precoz del gran amigo de Friedlaender, Paul Scheerbart, Ja… was… möchten wir nicht Alles! Más tarde, en la ruta de Scheerbart encontraremos las primeras huellas de otro personaje, que justamente nos ayuda a sacar a la luz un nuevo aspecto de esas tierras lejanas del coleccionismo: se trata de las grandes huellas de Ernst Rowohlt, cuya primera realización editorial, París y Leipzig, fue la Kater-Poesie de Scheerbart. Pues también ésta será una empresa singularmente interesante desde la perspectiva de la Colección y la sociología, lo mismo que reunir las primeras realizaciones de las grandes editoriales, entre las que, a decir verdad, sólo las de Insel alcanzan un precio elevado. Incluso la muy suntuosa y muy interesante primera obra de Diederichs, El tesoro de los humildes de Maeterlinck, Florencia y Leipzig, se ha podido conseguir a veces por unos pocos marcos. Aunque tal obra revela ya exteriormente una cierta ambición, no se adivina todavía, en los primeros productos de Jakob Hegner (publicados, sin duda, en colaboración con otra editorial), que su fabricante uniría posteriormente a su renombre de editor el de impresor. Pero por volver a los poetas: quién sabe hoy día algo de Philipp Keller, cuya obra Gemischte Gefühle («Sentimientos mezclados») sigue siendo una de las más legibles del año 1913; ¿quién se acuerda de la tesis doctoral de Franz Blei sobre el filósofo Avenarius, que le valió al autor ser mencionado por Lenin?; ¿quién conoce todavía El asesinato de un botón de oro de Döblin, Quell des Übels («La fuente del mal») de Polgar, Kriminal-Sonette («Sonetos criminales») de Eisenlohr? Estos son libros que constituyen otras tantas llaves maestras que dan acceso al cuarto trastero de la literatura contemporánea, en el que se pueden conocer las noches más hermosas, las más instructivas.