Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca Pero antes de que admitamos al novicio en el país de Jauja de la bibliofilia, podrá avanzar glotonamente por la montaña de arroz que representa la reflexión siguiente: la producción creciente de libros, en aceleración constante hasta hace muy poco, ha tenido como consecuencia que se haya deslizado, entre los libros antiguos puestos a la venta por las libre rías especializadas y los libros nuevos de ja librería de surtido, una tercera categoría intermedia, muy discreta, de la que nadie se ocupa y que, sin levantar obstáculos, espera al coleccionista dispuesto a ofrecer le su asilo: son los libros viejos. El comercio de libros antiguos propone también precios para ese género de obras viejas y desaparecidas cuando pertenecen a la producción de juventud de escritores de mucho renombre. Para «Ayer» de Hofmannsthal, o «La vida cotidiana» de Rilke, el coleccionista está obligado a gastar sin cuenta. Pero en el momento en que se vuelve hacia las primeras obras de autores que no tienen un rango especial a nivel europeo, puede encontrarse de repente ante pequeños volúmenes por los que no se le pide mucho más que el coste del papel. Es evidente que esas obras —citaremos inmediatamente algunas— dicen a menudo tanto de la situación literaria de su época, e incluso todavía más, que los ensayos titubeantes de poetas que son apresuradamente ascendidos a una esfera superior. En pocas palabras, la sugerencia que queremos hacer es que dirijan su mirada hacia las primeras obras de escritores no abiertamente eminentes, o más aun, hacia los pequeños libros, sumamente interesantes, de esos autores desaparecidos que no fueron nunca más allá de los dos o tres volúmenes: escritores que no dejaron obras completas, que no ocuparon nunca más que unas líneas en las historias de la literatura y que, sin embargo, tienen cosas que decir sobre su época mucho más notables que gran parte de los escritores que triunfaron.