Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca En lo que concierne en primer lugar a la editorial, ésta tenía cierto renombre como lugar de reunión de los productos más grotescos de la literatura espiritista. Se comprende que tal empresa pudiera decidirse a imprimir un libro sobre un sistema teológico en el que «Dios no se puede acercar sin peligro más que a los cadáveres», y donde el autor, además, tiene por «indudablemente establecido que el concepto de ferrocarril es conocido por Dios»; desarrolla, además, una teoría del lenguaje divino, llamado «lengua fundamental, un alemán algo arcaico pero, no obstante, vigoroso». En esa lengua Dios es nombrado «con el título de aquel que es y que será», y los antiguos colegas del paciente son designa dos como las criaturas «colgadas bajo Casiopea», pero son al menos tan notables, e incluso impresionan más, los giros del lenguaje que su paranoico autor encuentra en ciertas fases de la enfermedad para aprehender hechos banales que para él han llegado a ser inexplicables en el desarrollo de dicha patología. La representación de un fin del mundo, nada raro en la paranoia, domina hasta tal punto el espíritu de este enfermo que la existencia de otros individuos se explica, según él, únicamente como un engaño, una travesura y, para expresar lo, habla de «seres humanos hechos deprisa y corriendo, como de paso», de «muñecas prodigiosas», de gentes «curadas de forma milagrosa», etc. Todavía más, el libro con tiene cierto número de formulaciones extraordinarias. A la compulsión de aullar, a la que sucumbe el enfermo, el «milagro del aullido», lo denomina con desdén «tos psíquica». En ese grandioso documento hace igualmente su entrada el «sentido contrario de las palabras primeras», tratado ocasionalmente por Freud: «zumo» con el sentido de veneno; «veneno», como alimento; «recompensa», como castigo, etc.