Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca Ninguna poesía está más emparenta da que la suya con su universo coloreado, cuyo resplandor se basta a sí mismo. Pues su espíritu, así como el del color, reside en la fantasía, no en la energía creadora. A través de la visión de los colores, la intuición de la fantasía se deja aprehender como un fenómeno originario. En efecto, a toda forma, a todo contorno percibido por el ser humano, éste responde personalmente mediante su facultad de producirlo. El cuerpo mismo en la danza, la mano en el dibujo, restituyen esa forma o contorno y se lo apropian. Pero esta facultad encuentra su límite en el universo del color. Le responde entonces no de manera creativa, sino receptiva: en el ojo brillando con el color. (Hay que decir también, en términos antropológicos, que la vista es la línea de partición de las aguas en el dominio de los sentidos, porque capta al mismo tiempo forma y color. Y es así como le pertenecen, a la mano derecha, las facultades generadoras de correspondencias activas: percepción de la forma y el movimiento, audición y voz, pero a la mano izquierda las pasivas: la visión de los colores procede de los dominios sensoriales del olfato y el gusto. El propio lenguaje, en «ver», «oler», «gustar» que valen para el objeto [de manera intransitiva] como [de manera transitiva] para el sujeto humano, reúne ese grupo en una sola y misma unidad). En resumen: el color puro es el instrumento de la fantasía; el país en las nubes caro al niño distraído, no el canon severo del artista constructor.