Desembalo mi biblioteca

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Aparte de esto, las letras comenzaron ya muy pronto a reunir a su alrededor una cohorte de objetos. Algunos de nosotros todavía aprendimos a ver Hut (sombrero) enganchado a la h a la espera de ser utilizado, Maus (ratón) mordisqueando inocentemente la m, o a conocer la r como la parte más espinosa de la rosa. Con el impulso de benevolencia respecto de los pueblos extranjeros, de los desclasados, que atraviesa la época de la Ilustración en Europa, con el resplandor del humanismo del que, a decir verdad, el clasicismo no es más que el eclipse, un enfoque muy distinto se proyectó súbitamente sobre los libros de lectura. Los pequeños objetos ilustrativos que hasta entonces habían arrastrado su confusión alrededor de la letra soberana, o que se habían encontrado comprimidos en casillas tan estrechas como las angostas ventanas de las facha­ das burguesas del siglo XVIII, emitieron súbitamente consignas revolucionarias. Las Ammen (nodrizas), los Apotheker (farmacéuticos), Artilleristen (artilleros), Adler (águilas) y Affen (monos), los Kinder (ni­ños), Kellner (camareros), Katzen (gatos), Kegeljungen (jugadores de bolos), Köchinnen (cocineras) y Karpfen (carpas), los Uhrmacher (relojeros), Ungarn (húngaros) y Ulanen (ulanos) reconocieron entonces su solidaridad. Convocaron grandes convenciones, se vieron aparecer delegaciones de todas las A, B, C, etc., y sus asambleas tomaron un curso tumultuoso. Mientras Rousseau declara que toda soberanía emana del pueblo, esas láminas lo manifiestan ruidosa y resueltamente: «El espíritu de las letras viene de las cosas. Somos nosotras, nuestro ser-así-y-no-de-otra-manera, lo que hemos impreso en esas letras. Nosotras no somos sus vasallas, son ellas, al contrario, las que no hacen otra cosa que representar nuestra voluntad común.»­


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