Diario de Moscu
Diario de Moscu Creo que ya pasó un año desde la última vez que le escribí. Todo este tiempo estuve en Rusia. Si no dejé que filtrar nada durante mis meses en Moscú fue porque dado el impacto de mis primeras impresiones de esta intensa, y extranjera, existencia, no estaba en condiciones de informar nada. Tuve esperanzas de poder incluir en mi primera carta mi intento de describir esta estadía. Pero a pesar de que las galeras del ensayo han estado listas, no ha sido publicado aún. En este ensayo he intentado mostrar esas manifestaciones concretas de la vida que me golpearon en lo más profundo y mostrarlas tal cual son y sin digresiones teóricas, incluso privado de mi propio punto de vista. Dada mi ignorancia del lenguaje, obviamente no pude tratar más que una porción de vida bastante estrecha. Pero me concentré menos en lo visual que en la experiencia rítmica, una experiencia en la que el arcaico ritmo ruso se integra con los nuevos ritmos de la Revolución. Una experiencia que, por los estándares occidentales, descubrí que es mucho más inconmensurable de lo que esperaba. Había planeado emprender (casi incidentalmente) un proyecto literario durante mi estadía, pero fracasó. Los editores de la Enciclopedia Soviética intentaron dividir el trabajo en cinco etapas, pero son pocos los investigadores competentes que están disponibles para el proyecto y no están en posición de poder llevar a cabo su gigantesca empresa. Yo mismo pude observar cuán oportunamente vacilaron entre su programa marxista de ciencia y su deseo de ganar algún tipo de prestigio europeo. Pero ni esta decepción privada ni las dificultades y rigores de Moscú en la profundidad del invierno fueron suficientes para disminuir la poderosa impresión que me causó esta ciudad en la que los habitantes continúan recuperándose de las peores batallas en las que todos, de alguna manera u otra, estuvieron involucrados. Concluí mi estadía en Rusia con una visita a Sergeiro-Lavra, el segundo monasterio más viejo en el reino y lugar de peregrinaje para todos los boyardos y zares. Habitaciones llenas de estolas enjoyadas, con una suma infinita de evangelios iluminados y libros de plegarias, con manuscritos que datan de los monjes Athos, todos originarios del siglo XVII, como así también íconos incontables de todos los períodos, bañados en oro, con las cabezas de las vírgenes mirando por encima de los marcos dorados como si estuvieran atrapadas en grilletes chinos. Visité todo esto por más de una hora con una temperatura de veinte grados bajo cero. Era como un refrigerador gigante en el que se congelaba para su preservación a la cultura antigua durante los días negros de la Revolución. En Berlín, las semanas que siguieron, me ocupé más que nada de seleccionar aquellas cosas que parecían comunicables desde el detallado diario que mantuve en el transcurso de mi viaje, el primer diario de ese estilo que había escrito en quince años. Cuando volví a Alemania, supe que habían publicado el Proust [A la sombra de las muchachas en flor] y confirmé el hecho de que la editorial le envió una copia en mi ausencia. Si tiene oportunidad de echarle una ojeada, espero que no se disponga desfavorablemente hacia él. Fue bien recibido por los críticos. Pero ¿qué significa eso? Honestamente, creo que cualquier traducción que haya sido asumida por las razones más importantes y urgentes (por ejemplo, la traducción de la Biblia) o por el simple propósito de un estudio filológico, tiene algo de absurdo en ella. Estaría feliz si en este caso no fuera también inoportunamente evidente […].