Diario de Moscu

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9 de diciembre

Llegué el 6 de diciembre. En el tren, había tomado nota mental del nombre del hotel y de la dirección, por si acaso no hubiera nadie esperándome en la estación. En la frontera me habían hecho pagar un extra por viajar en primera clase, bajo pretexto de que no quedaban asientos en segunda. Fue un alivio ver que no había nadie en el andén viéndome bajar del coche-cama. Tampoco había nadie en la estación, siquiera; pero no fue algo que me desilusionara demasiado. Luego, cuando ya dejaba la estación Bielorrusa-Báltico, apareció Reich[1]. El tren había llegado a horario, ni un segundo más tarde. Nos subimos a un trineo, con las dos maletas; era un día de deshielo, estaba cálido. Apenas habíamos recorrido unos minutos por la amplia Tverskaya, con su mezcla de nieve y barro, cuando vimos a Asja[2] saludándonos del otro lado de la calle. Reich se bajó y caminó la poca distancia que quedaba hasta el hotel, nosotros seguimos en el trineo. Asja no se veía muy linda, hundida en su gorro de piel ruso y con la cara todavía hinchada, después de haber pasado varios días en cama.





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