Diario de Moscu
Diario de Moscu Salimos temprano de casa para ir a la fábrica donde trabaja la casera de Reich. Había mucho que ver; nos quedamos allí unas dos horas. Comenzaré con el rincón de Lenin. Una salón pintado con cal blanca, con la pared del fondo en rojo y, colgando del techo, una borla roja con flecos dorados. A la izquierda, sobre este fondo rojo, está el busto de yeso de Lenin: tan blanco como la cal de las paredes. Una correa de transmisión se introduce en esta primera sala, proveniente de la sala contigua, en la cual se fabrica el espumillón. Los engranajes y las correas de cuero se deslizan por un agujero hecho en la pared. En las paredes hay carteles propagandísticos y retratos de revolucionarios famosos, o estenografías que resumen la historia del proletariado ruso. Al período comprendido entre 1905 y 1907 se lo representa al estilo de una gigantesca tarjeta postal, en la que se muestran, superpuestas, las luchas en las barricadas, las celdas de las cárceles, la revuelta de los ferroviarios y el «Domingo negro» frente al Palacio de Invierno. Muchos de los carteles condenan el alcoholismo. El mural de novedades también se ocupa de este tema. Este mural debería actualizar mes a mes, según lo programado, pero en realidad su periodicidad es algo más amplia. En general, su estilo se asemeja a las coloreadas revistas de cómics para chicos: con imágenes y texto en prosa que se mezclan con un poco de poesía, todo distribuido de una forma muy variada. Pero, por sobre todas las cosas, el mural de novedades sirve para informar sobre los sucesos diarios de la gente que confluye en esta fábrica. De ahí que, además de registrar satíricamente diferentes sucesos escandalosos, presente también estadísticas ilustradas del progreso educacional que tuvo lugar en el último tiempo. Otros carteles en la pared tratan el tema higiene: aconsejan la utilización de gasas contra las moscas y señalan las ventajas del consumo de leche. En la fábrica trabajan (en tres turnos) cerca de 150 personas. Los principales productos son cintas elásticas, carreteles de hilo de coser, cordones, cuerdas plateadas y adornos navideños. Es la única fábrica de Moscú de tales características. Pero su estructura no es tanto el resultado de una organización «vertical» sino más bien evidencia de los niveles primitivos en lo que se refiere a especialización industrial. Separados por unos pocos metros, y en una misma sala, uno puede observar aquí un mismo proceso de trabajo realizado mecánica y manualmente. A la derecha, una máquina enrolla hilos larguísimos en pequeños carreteles, a la izquierda, la mano de una obrera hace girar una gran rueda de madera: dos formas distintas de realizar la misma tarea. Entre los obreros son mayoría las mujeres campesinas, y muy pocas son miembros del Partido. No llevan uniforme ni delantales de trabajo, y están sentadas en sus lugares como si estuviesen realizando algún trabajo doméstico. De un modo casi maternal, con la cabeza inclinada y el pelo recogido por un pañuelo de lana, se encuentran plácidamente enfrascadas en sus tareas. Se hallan rodeadas de pósters que advierten sobre los horrores del trabajo mecánico. En ellos se ve a un obrero en el momento en que su brazo queda atrapado entre los dientes de un engranaje; otro con la rodilla atrapada entre dos pistones; un tercero que provoca un cortocircuito al presionar el interruptor equivocado por culpa de su estado de embriaguez. La fabricación de los adornos navideños más finos se hace en su totalidad de manera artesanal. En un taller con mucha luz hay tres mujeres. Una de ellas corta hilos plateados en tiras pequeñas, arma un paquete con ellas y las ata con un alambre que va devanando lentamente de un carretel. El alambre pasa por sus dientes como si estos tuviesen una ranura. Luego dispone estos paquetes brillantes de manera tal que forman una estrella, y se los pasa a una compañera que le pega encima una mariposa, un pájaro o un Papá Noel de papel. En otro de los rincones de la sala se encuentra una mujer que fabrica, mediante un proceso similar, estrellas de espumillón, a razón de una por minuto. Al inclinarme para observarla mientras giraba la rueda, ella no puede contener la risa. En otro lugar se fabrican ribetes plateados, producto destinado a las regiones exóticas de Rusia; son utilizados para turbantes persas. (Escaleras abajo, la elaboración del espumillón: un hombre trabajando el alambre con piedra de afilar. Los trozos de alambre quedan reducidos a unas dos o tres centésimas partes de su espesor y luego se recubren con plata o con algún otro color metálico. Acto seguido, los transportan al piso superior del edificio, donde se secan a alta temperatura). Luego pasé por la bolsa de trabajo. Cerca del mediodía se instalan en la entrada puestos de comida en los que venden panqueques y rodajas de salchichas fritas. Desde la fábrica nos fuimos a ver a Gnedin[94]. Indudablemente, ya no tiene el mismo aspecto juvenil de hace dos años, cuando lo conocí aquella noche en la embajada rusa. Pero sigue siendo una persona inteligente y simpática. Fui sumamente cuidadoso al responder sus preguntas. No sólo porque la gente aquí suele ser muy susceptible ni porque Gnedin en particular es muy afecto a las ideas comunistas, sino porque la única forma de ser tomado en serio como interlocutor aquí es si uno evalúa con el peso de cada palabra con sumo cuidado. Gnedin es el encargado de la cancillería para Europa Central. Se dice que su notable carrera (ya ha rechazado oportunidades de mejoras), se encuentra relacionada con el hecho de ser hijo de P. Lo que más me elogió fue que yo destacara la imposibilidad de una comparación en detalle de las condiciones de vida rusas con las de Europa Occidental. Fui a la Petrovka a solicitar una extensión de seis semanas de mi permiso de estadía. Por la tarde, Reich quiso ir a ver a Asja sin mi compañía, por lo cual me quedé en casa; comí algo y escribí. Reich llegó cerca de las siete. Fuimos juntos al Teatro Meyerhold, donde nos encontramos con Asja. El evento principal de la noche iba a ser el discurso que Reich, a pedido de Asja, pronunciaría durante el debate, al menos eso opinaban ambos. Pero la cosa resultó ser diferente. De cualquier modo, él esperó más de dos horas en el podio con el grupo de los otros participantes. Sentados en una larga mesa verde se encontraban Lunacharsky, Pelche, el director del departamento artístico del Glav-Polit-Prosvet como moderador, Mayakovsky, Andre Biely, Levidov y varios más[95]. En la primera fila de butacas, el propio Meyerhold. Asja salió en el descanso y yo la acompañé parte de su trayecto, ya que estando solo no podía comprender de qué estaban hablando. Cuando volví estaba hablando con gran fervor demagógico un orador de la oposición, quien, a pesar de que estaban en la sala la mayoría de los adversarios de Meyerhold, no logró ganarse al público. Y cuando finalmente intervino Meyerhold, fue acogido por una calurosa ovación. Para su propio infortunio, éste se dejó llevar enteramente por su temperamento locuaz, evidenciado en una impronta de rencor que repugnó a todos. Cuando finalmente acusó a uno de sus críticos de haberlo atacado únicamente por las diferencias que, como antiguo empleado suyo, había tenido con su jefe, el contacto con la audiencia desapareció por completo. Cuando recurrió a sus archivos para intentar justificar algunos de los aspectos criticados de su producción, era demasiado tarde. Ya eran muchos los que se habían marchado durante su discurso, y el propio Reich comprendió que ahora sería ya imposible intervenir, por lo que se vino a mi lado antes de que Meyerhold finalizara. Una vez que lo hizo, los aplausos fueron mínimos. Ya que no había mucho más por ver, ni nada nuevo, decidimos irnos en lugar de esperar la continuación del debate.
