Diario de Moscu

Diario de Moscu

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

2 de enero

Tuve un desayuno más que abundante. Dado que no íbamos a almorzar, Reich había comprado varias cosas para comer. A la una estaba pautada la presentación a la prensa, en el Teatro de la Revolución, de la obra de Illés, Atentado. Dejándose llevar por error por la avidez sensacionalista del público, le habían agregado el subtítulo «Compre un revólver»[92], estropeando así, desde el principio, el giro del final, cuando un terrorista de la Guardia Blanca que es descubierto por los comunistas cuando está a punto de perpetrar su atentado, intenta al menos encajarles su revólver. La obra tiene una escena muy efectista al estilo del Grand Guignol y, también tiene grandes ambiciones político-teóricas, ya que intenta describir la desesperanza en la que se halla sumida la pequeña burguesía. Pero ningunas de estas intenciones se veían plasmadas sobre el escenario, la obra carecía de principios, se percibía insegura y estaba repleta de pequeños guiños al público. La producción incluso tiró por la borda las cartas ganadoras que le aseguraba el sugestivo entorno en el que se desarrollaba: un campo de concentración, un café y un cuartel en la decadente, sucia y desolada Austria de 1919. Nunca había visto un espacio escénico cuya disposición fuese tan inconsistente: las entradas y salidas perdían inevitablemente todo su efecto. Se podía ver claramente en qué se convierte el escenario de Meyerhold cuando trata de hacerse cargo de él un director incompetente. Las entradas se habían agotado. En esta ocasión se podía ver, incluso, algo parecido a vestidos de gala. Hicieron salir a Illés al escenario. Hacía mucho frío. Yo llevaba puesto el abrigo de Reich, debido a que, por razones de prestigio, él quería dar una impresión respetable en el teatro. En el intervalo nos presentaron a Gorodetsky[93] y a su hija. Por la tarde, en la habitación de Asja, me vi envuelto en una interminable discusión política en la que también participó Reich. El ucraniano y la compañera de habitación de Asja formaban causa común contra ésta y Reich. El asunto fue, una vez más, la oposición interna del Partido. Pero en aquella discusión no fue posible llegar a entendimiento alguno; mucho menos a un acuerdo; los otros no se mostraron nada comprensivos con la opinión de Asja y de Reich respecto a la pérdida de prestigio que supondría la salida del Partido por parte de los opositores. No fue hasta que me bajé a fumar un cigarrillo con Reich que logré enterarme de qué trataba realmente toda la discusión. La conversación de cinco personas hablando en ruso (también estaba una amiga de la compañera de habitación de Asja), de la cual estaba excluido, me había vuelto a deprimir y a agotar. Estaba decidido a marcharme si continuaba. Pero cuando volvimos a subir se decidió que jugaríamos al dominó. Reich y yo jugamos contra Asja y el ucraniano. Era el domingo siguiente a Año Nuevo. Estaba de guardia la enfermera «buena», por lo que nos quedamos hasta después de la cena y jugamos varias partidas muy reñidas. Me sentía muy bien en ese momento; el ucraniano había dicho que yo le caía muy bien. Cuando finalmente nos marchamos, paramos en la confitería para tomar algo caliente. Una vez en casa seguimos hablando largo rato acerca de mi situación de escritor independiente, al margen de cualquier partido o profesión. Lo que Reich me dijo era cierto; yo le hubiera respondido lo mismo a cualquiera que hubiese adherido a la postura que yo había tomado. Y se lo manifesté abiertamente.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker